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Tarragona: despacio, despacio

Un sobre certificado ha tardado once días en recorrer 10 km más o menos en línea recta
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Nos encontramos en plena época de la velocidad. La limitación de 120 kilómetros por hora en las autopistas está siendo criticada, pues los automóviles actuales, incluso los de baja gama, pueden superar con relativa seguridad dicha velocidad. Los trenes de alta velocidad (AVE), que circulan por la polémica estación de Camp de Tarragona, alcanzan en algunos tramos de su recorrido los 300 kilómetros por hora. El tren bala japonés que no circula sobre raíles alcanza velocidades de vértigo. Y no hablemos de los aviones actuales que, con frecuencia, si el viento empuja de cola, superan una velocidad de crucero de 900 kilómetros por hora.

Pero, como en tantas otras cosas Tarragona, la Imperial Tarraco, en muchos aspectos va despacio, despacio. Y no me voy a referir al Mercat Central, ni al Banco de España, ni a la Savinosa, ni a la estación ferroviaria de la capital tarraconense, ni al proyectado hotel del Pla de la Seu, ni a los edificios de la Tabacalera o de la Chratreuse sino, en concreto, a los servicios ubicados en las cercanías del emblemático edificio del Mercat Central: el de las no menos importantes actividades postales, dependientes de la Sociedad Anónima Estatal de Participaciones Industriales (SEPI), operador designado para prestar el Servicio Postal Universal, con una plantilla superior a las 50.000 personas.

Y este es el caso concreto que ha tenido lugar este mes de agosto. Un sobre normalizado y certificado de 30 gramos de peso, depositado en una oficina postal situada a 10 kilómetros de la ciudad de Tarragona, el día 3 de agosto, a las 10,10 horas, ha llegado a su destinatario, un centro oficial situado en las proximidades de la plaza Imperial Tarraco, el día 14 de agosto siguiente. Ha tardado once días en recorrer diez kilómetros más o menos en línea recta, siguiendo el litoral. No cabe pues alegar, como causa del retraso, la ausencia del destinatario o que el mismo se encuentre de vacaciones.

Teniendo en cuenta la distancia entre el origen y el destino y el tiempo invertido en recorrerla, resulta para el envío citado una velocidad de 0,03 kilómetros por hora o, lo que es lo mismo, medio metro por minuto o treinta metros por hora. Coloquialmente, al hablar de la velocidad de los animales, se suele hacer referencia al contraste entre una locomoción rápida, característica de animales como el halcón y el guepardo, entre muchos otros, y una locomoción lenta, propia de animales como la tortuga o el caracol.

El caracol común de jardín, el más rápido de los caracoles, alcanza los 50 metros por hora, mientras que el caracol romano o comestible, mucho más lento, se desplaza a 6 metros por hora. Ciertamente, el citado servicio postal ha alcanzado una velocidad, como he indicado anteriormente, de 30 metros por hora, intermedia entre ambos caracoles. Las tortugas en general son algo más rápidas, ya que pueden desplazarse en promedio a una velocidad de tres o cuatro millas por hora o, lo que es lo mismo, de 4,83 a 6,44 kilómetros por hora.

Pero lo que todavía resulta más sorprendente es la respuesta que, ante la pertinente reclamación depositada, vía electrónica, el día 12 de agosto, ha remitido la Dirección Comercial y de Marketing, Atención al Cliente, de Correos, que señala escuetamente lo siguiente: «Su reclamación ya ha sido resuelta. Le comunicamos que, según consta en nuestros sistemas, este envío ha sido entregado en destino el día 14/08/2015». Esta comunicación fue recibida el día 18 de agosto siguiente por correo electrónico y debo reconocer que, a pesar de la vía electrónica, tampoco ha sido demasiado veloz. Por consiguiente, en el aspecto postal, como en la época de las carretas romanas: ¡Tarragona: despacio, despacio!

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