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Opinion La Tribuna

Tarragona, hacia la desertización comercial

La apuesta de nuestras autoridades por las grandes superficies en el extrarradio, sin impulsar simultáneamente un plan para proteger los establecimientos de proximidad, ha tenido un efecto devastador en el pequeño comercio
 

Dánel Arzamendi

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Tarragona, hacia la desertización comercial

Tarragona, hacia la desertización comercial

Las dinámicas económicas y urbanísticas que las ciudades están viviendo durante los últimos tiempos han provocado diversos cambios disruptivos que comienzan a poner en peligro el papel que los negocios de proximidad han ejercido inmemorialmente en los centros urbanos. La irrupción de las ventas online y la multiplicación de las grandes superficies están convulsionando el pequeño comercio, poniendo a sus responsables en una tesitura que frecuentemente les obliga a bajar la persiana. Se trata de un fenómeno global que debe ser abordado con inmediatez y contundencia a nivel local, si no queremos ver cómo el núcleo de nuestras capitales termina convertido en un auténtico páramo, sin actividad ni vida ciudadana.

En consonancia con esta preocupante tendencia, varios establecimientos del centro de Tarragona han anunciado esta semana su decisión de finiquitar su negocio. Por un lado, el martes conocimos que Casa Cuadras, una popular charcutería situada en plena Rambla Nova, tiene pensado cerrar su tienda a finales de este mes. Este comercio, fundado en 1920 por Baldomero Cuadras, ha sido regentado desde entonces por tres generaciones de la misma familia. Nunca más podremos disfrutar de sus conocidas cocas dulces y saladas, además de otros productos de primera calidad que se mostraban en su escaparate.

Al día siguiente, otro establecimiento histórico de la ciudad anunciaba que cerraba sus puertas. En este caso se trataba de Tir Sport, situada en la próxima calle Comte de Rius, dedicada a la venta de material deportivo, armas de caza, ropa y calzado para practicar senderismo, etc. Este negocio fue puesto en marcha por tres familias de forma conjunta hace más de tres décadas. Con su desaparición, Tarragona pierde otro referente del pequeño comercio, en este caso, por jubilación.

Todavía no nos habíamos repuesto de estos dos tristes anuncios cuando, el miércoles, se hizo pública una noticia similar en el sector de la moda. La tienda de Adolfo Domínguez de la Rambla Nova comunicaba también su decisión de cerrar. En el marco de una reestructuración general de la red comercial de la conocida marca de ropa, esta tienda del centro de Tarragona se sumaba así al desolador proceso de abandono que nuestro centro urbano viene padeciendo desde hace ya algún tiempo. Un cartel en su fachada comunica ya que el local se ofrece en alquiler.

Aunque, efectivamente, esta decadencia comercial en los centros de las ciudades es generalizada, también es cierto que la intensidad y la rapidez con que se está produciendo en Tarragona debería provocar una reflexión profunda en nuestras autoridades municipales. Los representantes de diversas asociaciones de comerciantes llevan años denunciando que el núcleo urbano se está dejando morir, ante la mirada impasible de quienes son responsables de promover iniciativas para amortiguar este proceso.

Según los expertos, las causas que explican este desmantelamiento comercial son variadas. Por un lado, la apuesta de nuestras autoridades por las grandes superficies en el extrarradio, sin impulsar simultáneamente un plan para proteger los establecimientos de proximidad, ha tenido un efecto devastador en el pequeño comercio. En segundo lugar, son numerosas las voces del mundo económico que denuncian la suicida estrategia de los grandes propietarios inmobiliarios de la ciudad, al fijar unas rentas de alquiler totalmente desorbitadas en el actual contexto de mercado. Este fenómeno está vaciando los locales de las principales arterias comerciales, como la calle Unió o la propia Rambla Nova, con un efecto multiplicador contrastado. El motivo por el que los arrendadores prefieren mantener los inmuebles desocupados, antes que alquilarlos por importes más razonables, sigue siendo un misterio difícilmente escrutable. Y por último, la llegada de El Corte Inglés a Tarragona constituyó una oportunidad perdida en este sentido, pues no logró favorecer el surgimiento de una gran área de compras a su alrededor, como ocurre en la mayoría de capitales de provincia. En efecto, suele ser frecuente que esta firma se convierta en el epicentro de una zona comercial preponderante, generando sinergias entre todas las partes implicadas. Sin embargo, su desembarco en nuestra ciudad apenas tuvo impacto en las manzanas circundantes, muy alejadas del centro tradicional y en un entorno urbano con una oferta de locales muy reducida. Ante semejante panorama, resulta urgente acometer una serie de reformas para frenar el progresivo deterioro de nuestro núcleo comercial.

Por apuntar sólo un par de ideas, para empezar, la administración local debería asumir de una vez por todas su función dinamizadora de la actividad económica de la ciudad, superando esa perniciosa tendencia a poner palos en las ruedas ante iniciativas que podrían revertir la devastadora decadencia que padecemos. Las instituciones deben ayudar a quienes apuestan por crear actividad y riqueza, no actuar como freno con trabas burocráticas y estrangulamiento fiscal. En efecto, el emprendimiento es actualmente una actitud heroica, y la falta de agilidad administrativa y el ensimismamiento reglamentista dificulta notablemente la puesta en marcha de pequeñas aventuras empresariales que redundarían en el beneficio colectivo.

Por otro lado, necesitamos urgentemente la consolidación de un gran núcleo comercial y peatonal, con la oferta y compactación suficientes para atraer una masa crítica de potenciales compradores que lo convierta en un proyecto viable. En esa dirección apuntaba la Illa Corsini, la reforma ideada en su día por el malogrado Albert Abelló, o el plan de peatonalización de la coca final de la Rambla Nova, diseñado por Xavier Climent. Todos los cambios acarrean beneficios y perjuicios que deben ser estudiados y ponderados, pero permanecer pasivos ante la espiral de decadencia de nuestro núcleo comercial nos conducirá indefectiblemente hacia un centro urbano convertido en un desierto triste y vacío. No hay tiempo que perder.

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