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Tarragona y el mar

El anuncio de las obras de la pasarela que debe unir la Baixada del Toro con la playa del Miracle se ha acogido con más escepticismo que entusiasmo.
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Estamos tan acostumbrados a que los proyectos de reforma pendientes en la ciudad de Tarragona se eternicen (Banco de España, Savinosa, fachada marítima, ...), que el anuncio de las obras de la pasarela que debe unir la Baixada del Toro con la playa del Miracle se ha acogido con más escepticismo que entusiasmo.

La tan anhelada conexión de la Rambla Nova con el mar es de aquellas noticias con cierto gusto agridulce. Asumir la instalación de un tercer carril en la línea de costa para tener el ansiado ancho internacional representa una hipoteca muy grande para algunas generaciones más de tarraconenses que se quedarán sin ver hecho realidad el viejo sueño de liberar la fachada marítima de las vías del tren. Pero también lo es que a corto plazo no se vislumbra una solución a la barrera que actualmente representa la línea ferroviaria entre la ciudad y el mar. Una línea que une la ciudad con Barcelona y Francia hacia el norte y las Terres de l’Ebre y el Corredor del Mediterráneo hacia el sur y de la que este año se cumplen 150 años.

La incredulidad tiene fundamento. Hace algo más de una década, en febrero de 2003, el entonces alcalde, Joan Miquel Nadal, encargó al conocido arquitecto Ricardo Bofill la remodelación de la fachada marítima. Un proyecto ambicioso, presupuestado en 110 millones de euros, que incluso contemplaba su fórmula de financiación privada si no recibía aportaciones públicas (1.800 viviendas en primera línea de mar) y que como tantos otros quedó en el cajón.

En esta ocasión, el Port calcula que su proyecto de pasarelas será mucho más asequible y costará entre un millón y 1,2 millones de euros. La Autoritat Portuària de Tarragona (APT) asegura disponer del presupuesto y del visto bueno de Fomento y que sólo quedan algunos flecos técnicos para formular la licitación. Esperemos que la apuesta de la APT por acercar el Port a la ciudad y, de paso, resolver una asignatura pendiente de Tarragona no se encalle con las dificultades técnicas ni con cambios de planes en Fomento que alimenten de nuevo la desconfianza.

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