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Temor a que los precios bajen

La deflación tiene como consecuencia directa un mayor esfuerzo para pagar la deuda pública
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Según los economistas, la deflación es la bajada generalizada y prolongada, como mínimo dos meses según el Fondo Monetario Internacional (FMI), del nivel de precios de bienes y servicios. Aunque para los ciudadanos medios pueda ser considerada como un hecho positivo, lo cierto es que suele responder a una caída de la demanda y puede tener consecuencias mucho más negativas que la inflación, a la que habitualmente estamos acostumbrados.

Dentro del año pasado, nuestro país ha registrado cuatro meses con caídas. Ello hace que, actualmente, se nos pueda venir encima el problema de la deflación sobre nuestra todavía maltrecha economía. Aunque no nos encontramos en situación de deflación, el riesgo de adentrarnos en la misma va en aumento a medida que los meses van pasando. Para el FMI se entra en deflación con seis meses consecutivos de índice negativo. La deflación es un fenómeno raro. Históricamente a lo largo del convulso siglo XX, se dio en Estados Unidos de América, después de la denominada gran depresión de 1929 y, con posterioridad, en Japón en épocas más recientes.

Los efectos derivados de la deflación, según la teoría económica, son bastante desconocidos. Aunque se piense por algunos que puede tener consecuencias beneficiosas ya que, después de la caída de salarios y pensiones y el aumento del paro y subsiguiente recorte de la renta disponible por la subida generalizada de impuestos, permite mantener a los ciudadanos sus niveles de compra por el abaratamiento del precio de los productos y servicios. Lo cierto es que los efectos son negativos para los países como el nuestro fuertemente endeudados. El contexto deflacionista tiene como consecuencia directa un mayor esfuerzo para pagar los intereses de la deuda pública, dado que aumenta y lastra considerablemente el crecimiento, pues hay que destinar en los presupuestos mayores importes para el pago de intereses. Es preciso recordar, a tales efectos, que España tiene casi una ratio de deuda del cien por cien del Producto Interior Bruto (PIB), cifra que según el Gobierno llegará al 102 por ciento en el año 2016.

De otra parte, a pesar del ligero repunte actual, la bajada del precio de los inmuebles con la denominada crisis del ladrillo, ha empobrecido considerablemente a las familias españolas. La caída de los precios de los inmuebles, iniciada en 2008, ha dejado a las familias españolas con un nivel de riqueza sensiblemente inferior al que poseían al inicio de la crisis. O dicho en otros términos, la gran clase media alta española, ha dejado de serlo para llegar a fin de mes con no pocas dificultades, cuando antes lo hacía holgadamente. Durante muchos años se creyó que el ladrillo iría permanentemente hacia arriba y que su valor no podía caer y muchos se endeudaron en demasía creyendo que se encontraban ante una gran inversión. Actualmente ha ocurrido algo impensable hace unos años: los que viven de alquiler pueden negociar su alquiler mensual a la baja con el propietario e incluso mudarse a otras viviendas más económicas.

Algunos comentaristas, a raíz de las últimas noticias deflacionistas se han mostrado optimistas, en razón a la bajada de precios de bienes y servicios. Pero, en mi opinión, nos encontramos en una situación de alerta. En una economía como la española, a largo plazo, la situación puede ser catastrófica. No hay que olvidar que se sabe cuándo se entra en deflación pero es imposible prever su salida de la misma, ni lo que se puede tardar en hacerlo. Para Japón la situación en este sentido ha sido muy complicada.

Por consiguiente, la deflación abre muchos interrogantes para el futuro. Y no olvidemos que la peligrosidad de esta situación viene dada por lo difícil que resulta salir de la misma, ya que se crea un círculo vicioso por el que al caer la demanda, las empresas ven reducidos sus beneficios al tener que bajar los precios para poder conseguir ventas y como consecuencia de ello tienen que reducir costes, lo que necesariamente implica reducir las plantillas de empleados, que van directamente a incrementar las listas de parados. Y, si hay más parados, la demanda sigue disminuyendo. Ante la deflación se preconizan dos políticas. Una monetarista que, se dirige a bajar los tipos de interés y fomentar el crédito a familias y empresas. Y otra, de corte keynesiano, propone incrementar el gasto público para dinamizar la economía. Las dos opciones tienen un común denominador pernicioso; por tanto, es preciso mantener la cautela pues un escenario de deflación podría tener graves consecuencias.

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