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Terapia de la verdad

Parece normal que los líderes políticos no tengan más bagaje profesional que su carrera en el partido

Enrique Badía

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Terapia de la verdad

Terapia de la verdad

Si el escenario político admitiera una valoración médica, cabría decir que sufre aguda pérdida de confianza ciudadana y, puestos a recomendar una terapia, una de las más efectivas sería decir la verdad... toda la verdad y nada más que la verdad. Pero no es habitual. Lo frecuente es que se hurte el auténtico perfil de los problemas y, aún peor, se falseen u oculten las opciones reales para remediarlos o corregirlos.

Una afirmación, a modo de eslogan, hizo fortuna en la jornada de reflexión previa a las votaciones de marzo de 2004. Fue el entonces aspirante a diputado socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien lanzó aquello de que “los españoles merecen un gobierno que no les mienta”, a rebufo de la errática reacción del gobierno Aznar tras el bárbaro atentado en los trenes de Cercanías de Madrid. Está más o menos admitido que funcionó, al margen de las calificaciones que se puedan otorgar al comportamiento de unos y otros en aquellas dramáticas horas. Lo malo es que incluso el Ejecutivo que se formó a las pocas semanas acabó olvidando, en otras cuestiones, el aserto que supuestamente le había ayudado a ganar.

La plena verdad es exigible a los políticos sin excepción. Pero no suelen cumplir. Buen ejemplo son los debates organizados para la actual campaña electoral. De entrada, es falsa la propia denominación del formato: en lugar de contrastar ideas y propuestas, cada candidato vierte su prefabricado mensaje, sin apenas escuchar a los demás. No hay diálogo ni discusión, todo lo más cruce de reproches y ataques, en muchos casos de índole personal. Ni siquiera aciertan a manejar estadísticas con plena veracidad. Por lo general, se atienen a la añeja presunción de que cualquier dato, debidamente torturado, sirve para demostrar lo que convenga a su particular interés.

La comparecencia “a cuatro” del pasado lunes, día 13 de junio, aportó muestras, más de unos que de otros, pero en general por parte de todos. En conjunto, resultó poco menos que imposible para los sufridos espectadores poder hacerse una idea de qué hará cada uno, caso de alcanzar el poder. Temas tan cruciales como el empleo o las pensiones, por citar sólo dos de los que más preocupan, fueron despachados en torpe faena de aliño, recurriendo a tópicos, recetas milagreras y generalizaciones impropias de asuntos cuya complejidad no debería permitir nada aproximado a la simplificación.

Se ha convertido en normal que los líderes políticos no tengan más bagaje profesional que su carrera en el seno del partido. Algunos han desempeñado cargos públicos, otros ni eso, siendo excepción los que han tenido trayectoria en ese ámbito privado sobre el que tanto gustan intervenir y legislar. En realidad, está mal visto. Aún peor se considera el paso desde la política al sector privado, al punto de circular propuestas que van desde ampliar los periodos de incompatibilidad a nada menos que prohibirlo en la Constitución. El resultado es la frecuencia con que, por ejemplo, pontifican sobre contratación laboral quienes no han empleado nunca a nadie.

A la evidencia de que escasea la experiencia se unen evidencias de que tampoco se han esforzado en estudiar la materia. Quienes sí lo han hecho acostumbran a sentir sonrojo ante la profusión de “soluciones” excedidas de simple e inútil voluntarismo, sin la mínima acomodación a cómo funcionan las cosas en la realidad. Va de suyo que una consecuencia es la apertura de amplios espacios para la demagogia –otros hablan de populismo-, cuya esencia consiste en reducir cuestiones complejas a remedios en apariencia fáciles de implementar, que al final resultan, como las malas terapias, peor remedio que la enfermedad.

La cuestión de fondo, en relativa medida indignante, es una aparente consideración de que los ciudadanos no están preparados ni dispuestos a conocer la verdad. Suena a un remedo de menosprecio paternalista, con ingredientes de superioridad moral, como si sólo los «elegidos» estuvieran capacitados para comprender el alcance de los desafíos que toca afrontar. Cuestiones tan elementales como que el gobierno no crea empleo, tampoco lo destruye, o que las prestaciones no salen del bolsillo de los gobernantes, sino de los impuestos que paga la sociedad, quedan subvertidas en las promesas que se lanzan... por descontado sin explicar cómo las cumplirán.

Se ha convertido en una suerte de mantra afirmar que ningún candidato logra ganar unas elecciones diciendo la verdad. De ahí que nadie decida dar el paso de plantear crudamente la magnitud de los problemas y el esfuerzo colectivo que, de una u otra forma, exigirá cualquier solución real. Pero, además de un derecho democrático sustancial, conocer la verdad es la mejor forma, acaso la única, de poder superar el complicado atolladero en que el país esta inmerso. Una urgente dosis de esa terapia serviría para tomar plena conciencia de cómo y por qué se ha llegado a la situación presente, y de cuáles son las alternativas reales, no los eslóganes facilones y oportunistas, entre las que elegir para superarla. Cuanto antes se aplique, menos esfuerzos se necesitarán.

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