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Terraplanistas

Mike Hughes quería pilotar un cohete casero hasta los 550 metros de altitud para demostrar que la Tierra es plana

Dánel Arzamendi

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Supongo que fuimos muchos los que hace unos días incluimos un café doble en nuestro desayuno para asimilar la desconcertante noticia que corría por los informativos: Mike Hughes, un norteamericano que se autodefine como «científico autodidacta», iba a pilotar un cohete casero hasta los 550 metros de altitud para demostrar que la Tierra es plana. Este sexagenario exconductor de limusinas, conocido popularmente como Mad Mike, había diseñado este artefacto para obtener fotografías que «acabasen para siempre con el rey de todos los engaños». Los 17.000 dólares que costó el proyecto (desarrollado en el garaje de su casa) se los proporcionó el Research Flat Earth, un colectivo que comparte su peculiar objetivo.

El reto tenía su mérito, conociendo el intento previo que realizó en 2014, y del que no salió muy bien parado debido a las intensas fuerzas G y un aterrizaje accidentado. El propio Pedro Duque, un científico que ha contemplado la Tierra desde el espacio y que se ha enfrentado a estos movimientos en las redes sociales, mostraba cierta admiración hacia el singular cosmonauta con un tuit antológico: «Un creyente en la tierra plana que sí que es bragado y valiente, y que está dispuesto a palmar por ello. ¡Suerte, maestro!». 

Difícil entender el porqué

El vuelo iba a partir del desierto de Mojave, pero ciertos problemas técnicos y la dificultad para obtener los permisos necesarios impidieron finalmente el despegue de la nave que nos iba a abrir los ojos. Pueden llamarme tiquismiquis, pero sigo sin comprender por qué este tipo pensaba jugarse el pescuezo por ver el horizonte desde una altura de 550 metros: ¿no habría sido más fácil subir una pequeña montaña o incluso comprar un billete de avión?

Aunque los terraplanistas comparten su rechazo a la concepción esférica de nuestro planeta, dentro de este colectivo existen versiones para todos los gustos. Tenemos, por ejemplo, a  James McIntyre, de la Flat Earth Society, cuya tesis es que «la Tierra es, más o menos, un disco de 24.900 millas de diámetro» cubierto por una enorme cúpula atmosférica. Para entendernos, algo así como el mundo de Truman Burbank pero a lo bestia. Según este modelo, el centro lo ocuparía el Polo Norte, y la Antártida no sería más que una franja de hielo que rodea este inmenso círculo. El bueno de James puntualiza que «obviamente no es plana totalmente, debido a los fenómenos geológicos como valles y montañas». Llama la atención que un sujeto con este  perfil se atreva a utilizar la expresión «obviamente».

Como decía Chesterton, «lo malo de las personas que han dejado de creer en Dios no es que no crean en nada, sino que están dispuestas a creer en cualquier cosa»

Los seguidores de esta corriente tienen teorías para todo, incluida una explicación de la gravedad terráquea basada en la inercia derivada de una aceleración ascendente de este colosal disco. Pero también existen otras alternativas, como la defendida por el informático John Davis, quien sostiene que nuestro planeta «es horizontalmente infinito y tiene al menos 9.000 kilómetros de profundidad». No me pregunten de dónde sacan estos tipos unos datos tan precisos.

¿Cómo es posible que sigan existiendo miles de personas, presuntamente formadas, que niegan una realidad científica y empíricamente archidemostrada? Según los terraplanistas, todo se debe a una gran conspiración. «John Glenn y Neil Armstrong son francmasones. Una vez  entiendes esto, comprendes cuáles son las raíces del engaño», afirma Hughes. Las fotos obtenidas desde el espacio están trucadas, e incluso los Illuminati tienen algo que ver en esta trama de ramificaciones insondables. Es difícil no imaginarse al fumador de Expediente X envenenando a científicos que se atreven a desmontar la tiranía de la ciencia políticamente correcta. 

Según estos grupos, incluso la insistencia de las autoridades en que nos pongamos gafas oscuras durante los eclipses es sólo una artimaña para ocultarnos la realidad: un Sol que tiene el mismo tamaño que la Luna y que se mueve a nuestro alrededor a una distancia semejante.

Voz a las ocurrencias

El hecho de vivir en un mundo tan intercomunicado como el nuestro permite la difusión del saber y el conocimiento a una escala y velocidad increíbles, pero también sirve para dar voz planetaria a cualquier friki cuya última ocurrencia sólo habría llegado al otro extremo de la barra de un bar hace apenas una década. Personajes estrambóticos los ha habido siempre, pero asombra la descomunal repercusión de los charlatanes actuales ante una multitud dispuesta a creer cualquier memez que les pongan delante, sobre todo cuando esta propuesta les hace sentir una comunidad que ha recibido una sabiduría que el resto no es capaz de ver. Tal y como señala el historiador Jeffrey Burton Russell, hace más de dos milenios que prácticamente nadie ha cuestionado seriamente la forma esférica de nuestro planeta. En el mismo sentido se manifiesta el profesor de Harvard y divulgador Stephen Jay Gould: «el conocimiento griego de la esfericidad nunca desapareció, y todos los estudiosos medievales aceptaban la redondez de la Tierra como un hecho demostrado». 

Hay que esperar hasta el siglo XIX para ver ridículamente cuestionados los avances astronómicos gracias al inglés Samuel Birley Rowbotham, fundador de la escuela Zetética, y al holandés John Hampen, quien describió a Newton como «un borracho demente». Deberíamos preguntarnos cuál es el motivo por el que, precisamente en una fase de nuestra historia caracterizada por unos conocimientos vastísimos, algunos pretenden otorgar un estatus científico a lo que no son más que fantasías. Evidentemente no me estoy refiriendo al ámbito de las creencias (una realidad que no es objeto del método empírico ni pretende serlo) sino al mundo de lo tangible. 
Cuánta razón tenía Chesterton al afirmar que «lo malo de que las personas hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestas a creer en cualquier cosa».

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