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Testigo de la bomba

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Un día, en Zaragoza, tuve la oportunidad de asistir a una misa oficiada por Pedro Arrupe, prepósito de la Compañía de Jesús. Para un sacerdote todas las misas son únicas, pero ninguna se le quedó tanto en la memoria como la del 6 de agosto de 1945, cuando a medio celebrarla una onda expansiva le arrojó al suelo.

La iglesia estaba en una colina en las afueras de Hiroshima. Arrupe celebraba a las ocho de la mañana, cuando estalló la bomba atómica lanzada por orden de Truman. Produjo decenas de miles de muertes en el acto. Otras miles, después. Hoy hace 70 años.

Arrupe, que era médico, colaboró en tareas de salvamento. Cuando cursaba la carrera ganó el premio extraordinario que disputó a Severo Ochoa. Negrín, su profesor, preguntó más tarde qué había sido de aquel alumno tan inteligente. Le contestaron: «Se hizo Jesuita, y como sabe, la República los ha expulsado».

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