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Tic, tac, tic, tac....

El reloj de la Historia no se lleva en la muñeca, ni se vende por Internet

Juan Carlos Viloria

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Estamos en pleno ‘momento reloj’. Los obligados regalos de estas fiestas sitúan a esos mecanismos para medir los días, las horas, los metros bajo el agua, las constelaciones o las fases de la luna, en la diana de la publicidad comercial. Es una auténtica avalancha de ofertas de modelos y diseños la que invade suplementos, magazines, las revistas de moda, el mundo de los complementos y la publicidad con la imagen de pilotos de época, hombres de neopreno, mujeres de sport y de glamour, con su correspondiente cronómetro de baterías atómicas que según el fabricante podrían dar la hora hasta el Juicio Final. Es decir, que si un día el cliente se despertara del sueño eterno su reloj seguiría marcando la hora exacta. Luego tiene su artimaña la publicidad de ‘pelucos’ aparentemente normales, que solo dan la hora pero que cuando miras el precio indica que son 35.000 del ala. No es más que una técnica de marketing porque primero nos ponen en cantares y luego te ofrecen unas copias del modelo ‘de marca’ por menos de 200 euros. Y ahí picamos. Luego te duchas con uno de 100 atmósferas y se empaña como si hubieras buceado a 40 metros. ¡Con lo que duraban aquellos japoneses comprados en Canarias y que los padres te regalaban si aprobabas la reválida, o terminabas la carrera! Eso si eran máquinas de tiempo sin chorradas.

Lo que pasa es que el reloj de la Historia no se lleva en la muñeca, ni se vende por Internet. Pero se puede detener si la clase política antepone sus cuitas de partido a los intereses de la nación. Y después del 20-D el reloj de nuestra historia parece atascado en la maraña de cálculos que los protagonistas de nuestra vida política se han puesto a evaluar. Las primeras expresiones que hemos oído después del recuento de la noche electoral son: ‘No’ y ‘Líneas rojas’. Que traducido al lenguaje real significa erigir barricadas ante la negociación para construir entre todos una fórmula de Gobierno que de cuerda al reloj de nuestra Historia. Los representantes de la nueva política descubren ahora la plurinacionalidad de España y quieren sembrar de referéndums territoriales el Estado. Que le pregunten a los socialistas que en los albores de la democracia apostaron por atajos similares y salieron escaldados. Los ganadores de la victoria pírrica parecen abatidos y desconcertados ante el cambio del guión que ha salido de las urnas. Y los de Pedro Sánchez no saben si cortarse las venas o dejárselas largas. Entre tanto avanza el tic, tac, de nuestra Historia que en momentos de tribulación requiere poca ideología y mucha política. Porque de la misma manera que cuando creíamos que el bienestar económico logrado en décadas de democracia y crecimiento nunca podría quebrarse llegó la crisis, podría ocurrir que el Estado moderno que a duras penas hemos logrado construir empiece a tambalearse si cada uno quiere llevarse su trozo del pastel.

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