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Todos fascistas

Con la palabra 'fascista' por delante se anula todo lo demás. No se requiere argumentos
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Tres energúmenos se abalanzaron sobre Inmaculada Sequi en el portal de su casa de Cuenca y, esgrimiendo el contundente adjetivo de fascista, la molieron a palos.

El episodio es tan surrealista que parece sacado de un cómic de Corto Maltés o del guión de Novecento setenta años después. Pero resulta que cuando el caldo de cultivo encuentra terreno propicio, de las palabras se pasa a los hechos. Y al calor de la excitación verbal en Internet o en las charlas a los prosélitos siempre hay unos ‘valientes’ algo descerebrados que deciden pasar a la acción. La profusión con la que se utiliza el término fascista no tiene tanto que ver con su significado en ciencia política sino que se ha convertido en un recurso habitual en el mundo de la izquierda radical para descalificar todo lo que no se mueva en su órbita. Yo pensaba que era una práctica exclusiva en esta España de odios como rescoldos que nunca se extinguen. Pero resulta que no. George Orwell antifascista y antiestalinista sincero ya avisaba de la desfachatez e imprudencia con que se utilizaba en el lenguaje corriente. En 1944 refiriéndose a Reino Unido escribió: «Parecería que, tal como se usa, la palabra fascismo ha quedado casi totalmente desprovista de sentido. La he oído aplicada a granjeros, tenderos, al Crédito Social, al castigo corporal, a la caza del zorro, a las corridas de toros, a la homosexualidad, a los albergues juveniles, a la astrología, a las mujeres, a los perros y a no sé cuántas cosas más».

Han pasado los años pero el efecto destructivo del adjetivo sigue vigente y el uso irresponsable más aún porque se ha convertido en un instrumento muy valioso para los mostrencos porque con la palabra fascista por delante se anula todo lo demás. No se requiere argumentación, ni dialéctica y soluciona todos los problemas de escasez de lenguaje y de ideología. Deberían conocer que el fascismo se opone tanto al capitalismo como al comunismo y abomina de la democracia liberal como del socialismo real. Aunque creo que es inútil la tarea de desarmar el lenguaje cuando es tan eficaz porque paraliza al agredido y lo sitúa a la defensiva debatiéndose en la tarea de demostrar que él no es ‘eso’. Lo he visto hace unos días cuando un periodista televisivo muy conocido recibió un tuit insultante que empezaba así: ¡Cómo se nota que vienes de familia franquista.! Y el aludido empezó a recordar a sus abuelos fusilados en la guerra para defenderse. Así que la cosa se ha extendido tanto que aquí entre nosotros ya se sabe. Si eres de Ciutadans en Cataluña, o en lugar de ‘La Roja’ dices selección española, o militas en organizaciones antiabortistas, o el que haya leído a José María Pemán, o te gustan los toros, o le pondrías letra al himno, o llevas un polo con el ribete de los colores rojigualdas, o defiendes a las víctimas de ETA, o eres activista en pro de la familia, etc., etc., eres un fascista. Ya lo sabes.

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