Todos los Santos, tiempo de castañas

Cómo olvidar aquellas tardes en las que la familia formaba un corro alrededor de la mesa para comer las castañas que mi madre asaba en el horno

ÁLEX SALDAÑA

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Todos los Santos, tiempo de castañas

Todos los Santos, tiempo de castañas

En mi memoria van indefectiblemente unidos la festividad de Todos los Santos y el olor a castañas asadas. Castañas que yo mismo iba al monte a buscar, cuando aún los árboles estaban libres de hongos y enfermedades y daban castañas para llenar unas cuantas bolsas. Entonces, incluso, hacía frío –nada que ver con las castañeras que hoy regentan los puestos en camiseta de tiras; cosas del calentamiento global– y llevar un cucurucho de castañas servía casi tanto para comerlas como, sobre todo, para tener las manos calientes.

Dicen que las castañas son ricas en hidratos de carbono, grasas, proteínas y vitamina C y en muchos lugares de España fueron uno de los elementos básicos de la dieta hasta el siglo XIX. Asadas, cocidas, estofadas como parte de un cocido o molidas en harina, estos frutos proporcionaban energía durante el duro invierno y alegría en aquellos días en los que se rendían honores a los muertos.

Sí, cómo olvidar aquellas tardes en las que la familia formaba un corro alrededor de la mesa para comer las castañas que mi madre asaba en el horno. Porque entonces aún no sabíamos lo que era Halloween y el truco o trato era una cosa que solo sucedía en las películas americanas. Ya ven, hoy me he puesto nostálgico. Tanto, que les dejo; tengo que salir a comprar un cucurucho de castañas asadas.

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