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Tontunas sobre el rescate

Ni PP ni PSOE parecen conscientes de haber realizado el debate? quizás por última vez
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Torturar el lenguaje, alterar el significado de las palabras, suele ser recurso de políticos que no tienen nada mejor que ofrecer. Desgraciadamente, es bastante habitual. Y no sólo aquí. Estos días, por ejemplo, los nuevos gobernantes de Grecia han sustituido la denostada “troika” por “las instituciones”, como si la inteligencia ciudadana no fuese capaz de advertir que se sigue tratando de lo mismo: Comisión Europea (CE), Banco Central (BCE) y Fondo Monetario Internacional (FMI). Algo parecido se escenificó el pasado martes en el Congreso de los Diputados, en el bien o mal llamado –siempre decepcionante- debate sobre el estado de la nación. Aquí, la controversia inútil ha girado en torno a si hubo o no rescate para España y gracias o por culpa de quién. Todo, encuadrado en un discurso partidista, por completo empeñado en magnificar los propios méritos –reales o imaginados- y descalificar al adversario con imputaciones reversibles, pero vacío de propuestas solventes para enderezar las cuestiones más apremiantes.

La tesis dominante del presidente Rajoy consistió en sostener que no hubo rescate y fue él quien tuvo el acierto de evitarlo. El líder socialista, Pedro Sánchez, se esforzó largamente en tratar de demostrar que sí lo hubo y no reconocer nada meritorio, todo lo contrario, en la gestión del Ejecutivo popular; al que atribuyó haber arruinado el país bajo los dictados de la perversa “troika”. La esterilidad de la controversia deriva de que, aunque ambos manejan datos ciertos, callan partes esenciales de la verdad. ¿Se puede considerar mentir?

Más allá de las palabras están los hechos y podrían presentarse de una forma más transparente, equitativa y veraz. Se llame rescate o no, lo cierto es que, igual que los tres países tenidos por rescatados (Grecia, Irlanda y Portugal), España solicitó y en parte le impusieron ayuda financiera de los socios europeos para sanear el sistema bancario –cajas sobre todo- y los 40.000 millones de euros aportados se sometieron al cumplimiento de una serie de condiciones: el denominado Memorando de Entendimiento (MOU, en sus siglas en inglés), cuyo contenido está publicado en el Boletín Oficial del Estado (BOE). Es verdad, sin embargo, que la fórmula pactada con Madrid ha salido bastante mejor que las concertadas con Atenas, Dublín y Lisboa, y que las condiciones impuestas fueron menos rigurosas e invasivas en el caso español. Parece justo, pues, atribuir cierto mérito a la gestión del Gobierno Rajoy, pero ¿todo?

Por firme que fuera la renuencia del presidente Rajoy a solicitar un rescate total, digamos al estilo griego, la realidad es que la Unión Europea nunca estuvo en condiciones de prestarlo. No fue él, sino su antecesor, Rodríguez Zapatero, quien primero recibió advertencias en tal sentido: los fondos que requería el hipotético rescate de España no estaban disponibles, a lo que se unía la alta probabilidad de que hubiera de seguir una asistencia similar a Italia –todavía más abultada- e incluso quizás a Francia… desembocando en una ruptura abrupta y forzada del euro, con unas consecuencias que nadie era ni es capaz de cuantificar.

Tampoco la imposición de condiciones se aplicó por primera vez: ya en mayo de 2010 los socios europeos, esencialmente Alemania, Francia y por extensión BCE y FMI, impusieron requisitos, no para prestar dinero, sino para conjurar la amenaza de acciones más contundentes –se llegó a mencionar la exclusión de la eurozona- y el presidente Rodríguez Zapatero los aceptó. Se le podría atribuir, por tanto, la primacía de haber evitado el denostado rescate, por cierto entonces sin el apoyo del PP y la única cobertura de última hora que Convergència i Unió prestó a la exigua mayoría socialista en el Congreso.

Probablemente fuera ingenuo esperar a estas alturas algo de generosidad recíproca en quienes han debido lidiar con la aguda crisis iniciada en 2008, pero es poco edificante excederse en el manejo torticero de la realidad. Méritos y deméritos hay por todas partes, pero asumirlos o reconocerlos no forma parte del uso político habitual. Los debates buscan la denigración del adversario, sin exponer la verdadera dimensión de los problemas ni plantear propuestas y alternativas para solucionarlos. Nada demuestra que la agresividad –mucha- y el ingenio –escaso- en el manejo dialéctico sean indicativos de mejor o peor capacidad de gobernar, pero siguen empeñados en que es la vía para captar votos.

Sobran indicios para augurar que el bipartidismo imperfecto que ha dominado desde 1978 pueda estar llegando al final, pero los dos grandes partidos continúan actuando como si tuviesen garantizada su privilegiada continuidad. Parecen estar convencidos de que la socorrida teoría que les asigna un confortable suelo electoral debe prevalecer y siguen sin esmerarse para tratar de invertir el descrédito que expresan las encuestas. No lo han hecho, desde luego, en el nada edificante debate parlamentario que acaso hayan mantenido por última vez.

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