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Tornillos del ocho

El sábado por la tarde busco una ferretería. Encuentro tres. Las tres cerradas

Javier Gómez Jurado

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Son las 3 de la tarde de un sábado y me pongo a colgar una estantería, que estoy de mudanza y me faltan horas durante la semana para poder dejar las cosas medio decentes. Se me antoja que si logro colgar esa estantería y liberar el medio metro cuadrado que ocupaba antes -en su forma plana y polvorienta, recién salida de esa tienda sueca que usted y yo sabemos- podré vivir un poco mejor, respirar un poco mejor y, sobre todo, evitar golpearme en un dedo gordo del pie, tal y como sucedió anoche.

Mis vecinos están de vacaciones: es el momento. Subo, armado de euforia y de una blacandequer, a lo alto de la escalera y comienzo a taladrar la pared en un frenesí de broca y cemento en polvo que lo recubre todo. Coloco los tacos -chas, chas de martillo, niquelado- y desciendo de la escalera para coger los tornillos del 8.

Oh, sorpresa. No hay.

Me echo a la calle, armado de necesidad y de un billete de cinco euros, y pateo las calles en busca de una ferretería. Encuentro tres. Las tres cerradas, obviamente. Porque es sábado, son casi las cuatro de la tarde, en Madrid hace un calor de tres pares de narices y el único imbécil que quiere unos tornillos del 8 a estas horas parece que soy yo. Los carteles de sus puertas me informan amablemente de que la estantería debe permanecer en el suelo hasta el martes a las 10 de la mañana, que el lunes es fiesta.

Pateando, pateando, de pequeño comercio cerrado en pequeño comercio cerrado, llego a una gran superficie de 7 pisos.

Abierta.

En el sexto tienen una ferretería, que encuentro atestada de jóvenes profesionales que, como yo, no tienen más remedio que colgar sus estanterías planas de tienda sueca en sábado por la tarde, y no han tenido la previsión de comprar con antelación sus tornillos del 8.

Regreso a casa, 3,45 euros más pobre y 20 tornillos de cabeza zincada más rico, solo para descubrir que me había olvidado, torpe de mí, de las arandelas.

«Quien no tiene cabeza tiene que tener pies», le digo a Sam, mi perro, que me ignora y sigue durmiendo.

Siete viajes después, la estantería se alza, lozana y en perfecto ángulo de 89 grados con respecto al suelo. También lo hacen un espejo de baño, dos toalleros, un portarrollos y una jabonera.

Agotado, me dejo caer en el sofá con el portátil y escribo esto, pensando en la enorme cantidad de horas que quedan para que abran las ferreterías de mi calle, y en dónde estaré yo el martes por la mañana, cuando decidan que es hora de regresar al trabajo. Seguramente en el mío. Como estarán también el 90% de las personas que necesitan clavos, tornillos y jaboneras. Y pienso en esas cajas registradoras del pequeño comercio, tan vacías como lo están las calles los martes a las 10 de la mañana. Esas mismas calles en las que los sábados por la tarde no cabe un alfiler.

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