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Esos ángeles anónimos de la residencia Sanitas

La vida me ha dado un gran regalo: una abuelita que ha perdido la razón. Se llamaba Lola. Día tras día he vivido el deterioro de una mujer que había sido joven, fuerte y muy luchadora, que poco a poco ha ido desaprendiendo todo lo que le ayudaba a valerse en este mundo: comer, andar, pensar... Tantas veces he pensado que de haber mantenido la razón se hubiera muerto solo de pensar en la pérdida de dignidad que representa que te pongan un pañal o que te den la comida en la boca, ¡con lo digna que era ella¡ Y ahora la veo sentadita en su silla de ruedas, calladita, y pidiendo un besito a cualquiera que pase cerca. Y uno podrá pensar: «Yo prefiero morirme antes que llegar a esta situación. Esos son años de sobra». Qué gran equivocación. Si no me hubiera regalado esos años de vida «de sobra», me hubiera perdido tantas lecciones...

Durante sus 5 años de estancia en la residencia, ha coincidido con otros abuelitos, personas que en su juventud fueron gente importante: un exacalde, un directivo banquero, una señora muy rica... gente que seguro que mandaba mucho, que habría tenido mucha gente a su cargo y tomado decisiones que afectaban a muchas personas. Y los ves allí, como mi yaya, una simple modista, también sentaditos al sol y mendigando besitos y caricias. La vejez iguala. ¡Cómo han cambiado sus prioridades ¿no?! y ¡qué relativo es todo! Y tantas veces que yo llegaba alterada a ver a mi yaya, después de un día duro en el trabajo pensaba: ves, un día también mis jefes, hasta los más horribles, se convertirán en un abuelito a quien tendrán que dar de comer en la boca, y que no le tocará más remedio que depender del cariño gratuito de los que le rodean. Y eso marca la gran diferencia. Sin duda lo que tú das en la vida lo acabas recibiendo. ¡Cuántos besos y mimos se ha llevado mi yaya! Porque mi yaya ha estado cuidada por su familia, pero también por una corte de ángeles anónimos que velaban por ella mientras nosotros trabajábamos. Ángeles que la bañaban, le daban la comida, le cambiaban los pañales...a ella y a los otros abuelitos; cuerpecitos arrugaditos y llenos de llagas y pupas... a los que después de recoger la parte más inmunda del ser humano les regalaban un achuchón y un beso, o les cantaban una canción ¡qué duro, ¿no?¡ Y cuantos días he pensado: mira, yo que me quejo de mi trabajo, y estas chicas, que no ganan ni 800 euros al mes, están aquí con buen humor cuidándola como a una princesa y siempre alegres. ¡Qué gran lección nos habéis dado¡ Gracias Piedad, Marta, Begoña, Andrea, Elvira, Manuela, María, Miriam, Loli.... y todos los ángeles anónimos que habéis velado por mi yaya mientras ha estado con vosotros. Sois un ejemplo de grandeza, os admiro y nos dais una lección enorme de amor y profesionalidad a todos los que hemos tenido el regalo de poderos conocer.

La sociedad y los directivos de vuestra empresa, Residencia Sanitas, deben daros el reconocimiento que vuestra labor merece. No cualquiera puede hacer el trabajo que hacéis, un trabajo muy duro, niños que no saben comer, hablar, andar, medicar...pero sin la frescura y olor de la piel del niño, sin su juego, sin su suavidad...pero niños totalmente, con sus mundos imaginarios que sólo vosotros entendéis y que sólo vosotros consoláis. Con este escrito la familia de Lola os queremos dar las gracias por todo cuanto habéis hecho por ella, y queremos hacer llegar a los responsables de Residencia Sanitas la gran valoración de vuestro trabajo. Y hoy es Lola quien os manda a vosotras el beso desde el cielo.

Mar Figueras Moreno

(Tarragona)

Fe de erratas

El artículo publicado ayer en la página 19 sobre un atraco a un supermercado en Vilafortuny está ilustrado con una foto errónea, pues el establecimiento de la imagen no es el que sufrió el robo.

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