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El ascensor

Vitrubio, el primer ingeniero de la historia, aseguraba que el griego Arquímedes había construido un ascensor tirado por bueyes en Siracusa, pero sin más detalles. Otros intentos fueron desechados; tampoco eran necesarios, ya que los esclavos cargaban con pesos grandes, y esclavos sobraban.

Cuentan que en al-Ándalus Jalel al Muradi diseñó un ascensor para colocarlo ante las murallas enemigas. A finales del siglo XVIII, el inventor ruso Ivan Culibin instaló uno en el Palacio de invierno de San Petersburgo; la zarina Catalina II rechazó tal rareza. En Nueva York, una isla plana, la construcción de edificios cada vez más altos crecía. Allí nació la inventiva de aplicar una máquina que llegase hasta los edificios más altos.

En 1852, Elisha Graves Otis, mecánico e inventor, presentó la primera novedad en materia de ascensores desde Arquímedes: la cuerda de seguridad. Era de vital importancia, por primera vez en la historia, pues el ascensor podía servir para transportar personas o bienes valiosos. Patentó el mecanismo de seguridad automático que detenía la caída del ascensor en el caso de que los cables se rompieran. Otis, ante la desconfianza general, ofreció una especie de número circense a la gran muchedumbre que llenaba la Feria del Palacio de Cristal de la ciudad.

Dentro de la cabina del ascensor, ordenó que cortasen con una hacha las cuerdas de sujeción mientras el ascensor subía. El sistema de seguridad entró en funcionamiento y el ascensor se detuvo de golpe: un aplauso cerrado abrió las puertas para un gran negocio para Otis. Al año siguiente comenzó a instalarlos en numerosos edificios de Nueva York, de cinco o seis plantas. No pudo disfrutar de la posición adquirida: murió de difteria en el 1861. Sus hijos fundaron la Otis Elevator Company.

En España, el primer ascensor fue colocado en 1877, en el n.º 57 de la calle de Alcalá, entre la Cibeles y la Puerta de Alcalá de Madrid. En 1880, el ingeniero alemán Werner von Siemens patentó el primer motor eléctrico para ascensores.

En 1903, la Otis presentó el ascensor por antonomasia, el que hoy conocemos, el ascensor eléctrico a tracción sin engranajes.

Fco. Ortiz de Pinedo (Tarragona)

La llamada doctrina social de la Iglesia

La llamada doctrina social de la Iglesia no es una ideología, sino parte de la teología moral católica. No exige en modo alguno unicidad en el plano práctico. Ofrece a los cristianos, especialmente a los laicos –protagonistas de la transformación del mundo–, principios de reflexión, criterios de juicio, orientaciones para la acción.

Pero sin aportar soluciones concretas, como enseña el Concilio Vaticano II sobre la autonomía de las realidades temporales. La búsqueda pluralista de nuevos modelos económicos más inclusivos y equitativos, a la que llama el papa Francisco, exige competencia técnica, capacidad creativa, y mucho espíritu de libertad.

Lo repitió Benedicto XVI, en grandes discursos y en documentos magisteriales como Deus caritas est, y sobre todo Caritas in veritate, de 2009. En esta confirma una tradición: la doctrina social de la Iglesia se ha ido construyendo poco a poco a lo largo de la historia en función de acontecimientos y del conjunto de la evolución social.

Refleja la profunda libertad del juego de naturaleza y libertad, de ley y conciencia, de fe y razón. La coherencia de vida influirá de veras en la sociedad civil, más allá de normas jurídicas perecederas, fruto quizá de la incongruencia de tantos políticos que dicen unas cosas y hacen otras, y aumentan así el creciente descrédito de oficios de cierta dignidad y nobleza en otros tiempos.

J. D. Mez. Madrid (Olot)

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