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Trabajar en Salou

Lo convertirán en un indeseable que arruina la industria y el comercio local, que asusta al turismo
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Ayer murió un trabajador en Salou. Su nombre todavía no ha aparecido en los medios y ya debe estar viajando hacia el Senegal, el país de origen del trabajador muerto. Sin autopsia y con el escenario del crimen limpito.

Ayer, de madrugada, la policía asaltaba su casa como nunca ha asaltado la casa de Rodrigo Rato, ni la de Fèlix Millet, ni la de Montull, el clan Pujol, las fundaciones de Convergència, la casa de Josep Prat o el palacete de Pedralbes de la princesa Cristina y el deportista Urdangarín. Como nunca no ha asaltado ni asaltará las casas de los ladrones, de los extorsionadores, de los mafiosos y de los usureros.

Tampoco asaltarán las casas de las transnacionales que no creen en las fronteras y que esclavizan trabajadores en el sureste asiático, ni las de los que explotan trabajadores y trabajadoras en Salou, con sueldos de miseria y horarios de campeonato...

No. No lo harán. Porque ellos y ellas hacen las leyes a su medida. Al trabajador de Salou lo encerrarán en una cárcel o en un CIE, lo perseguirán, lo asediarán y quizás un día entrarán en su casa y caerá de un tercer piso. Para darle verosimilitud, lo culpabilizarán, lo convertirán en un indeseable que arruina la industria y el comercio local, que asusta al turismo y aleja las buenas costumbres...

Lo que no saben ni los que hacen las leyes ni los que las ejecutan (cuando les interesa) ni los que las defienden (cuando se lo mandan) es que más allá de las leyes y de su ridícula «democracia» está la solidaridad y la rebelión: un hilo muy delgado pero muy difícil de romper que transpasa todas las fronteras, también las del espacio y el tiempo y que, si no estás atento, te puede estrangular sin remedio.

Cualquier persona que vende en la calle, sin garantías de calidad, sin pagar impuestos y sin una protección social, comete un delito. Lo que hay que valorar, también, es por qué y cómo lo hace.

De delitos se cometen muchos, supongo que miles o decenas de miles por cada una de las leyes que se aprueban. Lo que nos tenemos que preguntar es qué delitos hay que perseguir y en qué medida se deben perseguir.

¿Es proporcionado que un trabajador precario, sin prácticament derechos de ciudadanía, que vende mercancía que imita marcas de lujo tenga que caer de un tercer piso y se le tenga que asaltar la casa como si estuviese a punto de volar por los aires la central nuclear de Ascó?

¿Es proporcionado que mientras esto sucede los culpables, los verdaderos culpables de la crisis, estén libres, comiendo en restaurantes de lujo y gozando del dinero que, entre todos y todas, les hemos regalado para que no se levanten de la mesa y arrasen con el tablero?

¿Es proporcionado que mientras esto pasa los autónomos y los pequeños empresarios de este país se dediquen básicamente a pagar y a recaudar impuestos para engordar unas instituciones infestadas de corrupción donde se pelean para subirse el sueldo y lamer el culo a quien tienen delante?

¿Es proporcionado cuando el mercado del lujo se basa en unas plusvaluas gigantescas que siempre, inevitablemente, comportan un mercado secundario de productos de imitación y que, contrariamente a lo que podríamos pensar, son una pieza clave para poner en valor el producto original?

Nadie es perfecto pero, sobre todo, no nos equivoquemos de culpables.

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