Opinion La Tribuna

Tres décadas de ‘Cinema Paradiso ’

En el momento de su estreno, el padre de la criatura era un fotógrafo treintañero prácticamente desconocido

Dánel Arzamendi Balerdi

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Dánel Arzamendi Balerdi.

Dánel Arzamendi Balerdi.

Todos los aficionados al cine tenemos identificadas veinte o treinta películas a las que regresamos con cierta frecuencia de forma inevitable. Son esas pocas obras cuyos diálogos podemos recitar como el padrenuestro, cuyas secuencias rememoramos detalladamente con solo cerrar los ojos, y cuyas imágenes han quedado grabadas a fuego para siempre en nuestra memoria emocional. Personalmente me considero un cinéfilo poco encasillado, pues entre las muchas películas que he ido coleccionando progresivamente a lo largo de los años, es fácil encontrar numerosas producciones dramáticas, de aventuras, históricas, de ciencia ficción, románticas, de terror, cómicas… Y entre ese puñado selecto de obras que nunca me canso de revisitar, sin duda ocupa un lugar destacado Cinema Paradiso.

Estos días se cumplen treinta años desde que Giuseppe Tornatore decidió regalarnos una joya del séptimo arte, convertida ya en un auténtico clásico, pese a haber vivido un arranque ciertamente atormentado. En efecto, los primeros pasos de esta cinta no fueron fáciles. En el momento de su estreno, el padre de la criatura era un fotógrafo treintañero prácticamente desconocido, que sólo había dirigido hasta entonces un film para el mercado televisivo. Sin embargo, llevaba muchos años madurando una gran historia basada en sus propias experiencias personales en un pueblo perdido de su Sicilia natal. Efectivamente, al igual que sucede con el protagonista de la película, el pequeño Giuseppe acudía de forma recurrente al humilde cine local cuando apenas era un niño, allá por los años sesenta. Fue allí donde aquel chaval descubrió su pasión por la gran pantalla, se enamoró de su magia, e inició un romance con el cine cuya declaración de amor plasmó décadas después en Cinema Paradiso. Sin embargo, la versión inicial de la obra, de ciento cincuenta y cinco minutos, fue un absoluto fracaso de crítica y público. Este desastre obligó a sus responsables a realizar un nuevo montaje reducido a dos horas, que fue presentado en la siguiente edición del festival de Cannes. Allí ganó el premio especial del jurado, iniciando así una carrera plagada de reconocimientos: Premios del Cine Europeo, BAFTA, Globos de Oro, y finalmente el Óscar a la mejor película de habla no inglesa.

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Sin ánimo de desentrañar el argumento, por si algún lector aún no la ha visto, podríamos decir que nos hallamos ante un relato costumbrista sobre la amistad y la pérdida que justifica encuadrar la cinta en el llamado ‘posmodernismo nostálgico’. En efecto, la obra sabe tocar la fibra sensible del espectador al reflejar con ternura los ecos de ese pasado que ya nunca volverá (la espontaneidad infantil, los miedos fantásticos, los sueños adolescentes, el amor de juventud, el primer abandono) junto con numerosas referencias a la Italia de los años cincuenta y sesenta que, sin duda, también resultarán familiares a quienes vivieron el franquismo durante su niñez: los besos censurados, las penurias de la posguerra, la educación de la época… Alfredo y Totò, sobre todo al inicio del relato, conforman una curiosa pareja formada por un maduro proyeccionista de pueblo y un niño huérfano y despierto («un oso y un ratón», en palabras del director) que comparten una estrecha amistad. Posteriormente, sin embargo, este vínculo deberá permanecer latente durante años por la decisión de quien fuerza el alejamiento porque desea lo mejor para el otro, la prueba definitiva de un afecto profundo, verdadero y desinteresado.

A la película no le faltaron los reproches de algunos críticos por recurrir a un sentimentalismo excesivamente obvio con el que emocionar al espectador, y por utilizar recursos tan eficaces como previsibles para alcanzar la lágrima fácil. Todas las opiniones son respetables, pero aceptando que Tornatore se sumerge en la nostalgia como eje central de su propuesta, no veo en la obra ningún elemento impostado, artificioso o forzado. La emotividad y la ternura son una parte esencial del mundo interior y del recorrido vital de cualquier persona, tan real y auténtica como el resto. En cualquier caso, al margen del propio argumento, el brillante resultado de este proyecto se debió en gran medida al valor añadido aportado individualmente por algunos de sus participantes: unas conmovedoras actuaciones de Salvatore Cascio y Philippe Noiret, así como una banda sonora deslumbrante de Ennio Morricone y su hijo Andrea. Es casi imposible haber visto Cinema Paradiso y no sentir cómo se nos humedecen los ojos al escuchar la composición que enmarca la escena final (una secuencia inolvidable donde, por cierto, el actor que encarna al proyectista es el propio Giuseppe Tornatore).

Varios años después del éxito incontestable de la obra, su director quiso recuperar el espíritu de la fracasada y larga versión inicial. Para ello, apostó por la moda del Director’s Cut y realizó un discutible montaje de tres horas de duración, que alteraba parcialmente la realidad implícita que todos albergábamos en nuestra mente y desdibujaba el perfil de algunos personajes. Como era de prever, la iniciativa volvió a convertirse en un fracaso estrepitoso. Es más, esta versión fue recibida como un auténtico insulto por millones de amantes de la película, que con el tiempo se habían hecho tan dueños de la historia como su propio autor. Una vez más, volvió a cumplirse la máxima que sostiene que, frecuentemente, menos es más.

Treinta años después de su estreno, estamos en condiciones de afirmar de forma categórica que Cinema Paradiso es ya una obra inmortal. Sin ánimo de ser pretencioso, quizás estas modestas líneas de homenaje animen a algunos lectores a disfrutar de nuevo de esta película, o incluso motiven a otros para verla por primera vez. Alfredo y Totò les esperan. Les garantizo que jamás habrán sentido una conmoción emocional semejante por contemplar algo que estamos hartos de ver en los cines: besos.

Dánel Arzamendi Balerdi. Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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