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Tropezar dos veces en la misma piedra

A las voces que reclaman el apoyo británico para el procès les convendría repasar la historia

Antoni Jordà

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La guerra de Sucesión, entre 1700 y 1714, supuso un hecho histórico fundamental para la monarquía española. En aquel conflicto internacional, una parte de los catalanes, mallorquines, valencianos y aragoneses, y también de los castellanos, lucharon al lado de una dinastía y de un rey para defender un modelo político basado en la representación —al menos la de los grupos sociales acomodados que podían dar respuesta a los intereses básicos de la sociedad— y por una concepción territorial que algunos autores han calificado, no sé si demasiado acertadamente, de “federal”, enfrente de un proyecto de perfiles absolutistas y unitaristas. Un proyecto que se acabaría imponiendo gracias al potente apoyo militar francés y a la defección, para no decir deserción, británica.

¿Cómo empezó todo? Después de la muerte del monarca español Carlos II (1700) y la proclamación de Felipe V, Inglaterra y las Provincias Unidas (Holanda) firmaron una alianza ofensiva el 20 de enero de 1701 que tenía como objetivo principal evitar que los franceses se apoderaran del comercio con las Indias Occidentales. Por su parte, el nuevo rey Felipe V concluyó de forma satisfactoria la celebración de las Cortes de Barcelona de 1701-1702. Pero pronto se produjeron algunos hechos que precipitaron los acontecimientos hasta el estallido de la guerra el 1705. Como dice Joaquim Albareda, catedrático de Historia Moderna de la UPF y uno de los mejores conocedores del tema, podemos señalar dos. En primer lugar, el gobierno del virrey Velasco (1704-1705), responsable de una vulneración sistemática de las Constituciones catalanas y de una dura represión contra todo indicio de disidencia, hechos que fueron aprovechados por los dirigentes catalanes para alegar motivos suficientes para justificar la ruptura del juramento de fidelidad a Felipe V. En segundo lugar, el conocido como pacto de Génova, acordado entre unos notables «vigatans» (por su procedencia de la ciudad de Vic) y un representante de la reina Ana de Inglaterra en junio de 1705, que propició finalmente el desembarco de las fuerzas aliadas en Barcelona el otoño de aquel mismo año.

Por todo ello, la opción a favor del candidato Habsburgo, el archiduque Carlos (futuro Carlos III) gozaba de mejores referencias para lograr el apoyo de las potencias marítimas que podían garantizar un triunfo militar en el conflicto (Reino Unido, Portugal, Holanda).

La defección de los británicos, a cambio de importantes concesiones comerciales y territoriales, después de la negociación secreta que el gobierno de los tories comenzó con Francia el 1710, hizo tambalear la alianza internacional sobre la que el emperador de Austria basaba sus aspiraciones a la corona hispánica. La proclamación del archiduque Carlos como emperador de Austria (pues su hermano José I murió el 17 de abril del 1711) fue el pretexto oportuno para que los británicos pudieran justificar su salida de la guerra ante los antiguos aliados. En el último año de guerra, conscientes de la represión sufrida en Valencia y Aragón, los resistentes catalanes se aferraron a una última y utópica doble esperanza: primero, confiando en la presión de los británicos sobre Luis XIV (abuelo de Felipe V) para que abandonara a su nieto; después, esperando algún fruto de las gestiones de última hora de los embajadores catalanes, cuando accedió al trono Jorge I de Hannover (la reina Anna murió el 12 de agosto de 1714) y se formó un gobierno de los whigs, hecho que significó un cambio de rumbo esperanzador respecto al conocido como “caso de los catalanes”. De hecho, el 6 de septiembre de 1714, el secretario de la regencia Addisson comunicaba al embajador catalán Dalmases que había dado órdenes a los barcos ingleses que se concentraran en Mahón para intentar proteger mejor a Barcelona y negociar una capitulación.

Ya era demasiado tarde: al cabo de cinco días, el 11 de septiembre de 1714, la ciudad de Barcelona fue ocupada por las tropas del duque de Berwick y se impuso la política de hechos consumados. Los posteriores tratados d´Utrecht, Rastatt y Baden, configuraban un nuevo equilibrio europeo donde no tendrían cabida los proyectos políticos para España surgidos de los territorios de la antigua Corona de Aragón. Ahora que algunas voces se alzan para recabar el apoyo británico para la causa independentista de Catalunya, convendría repasar y recordar la historia. Confiar en promesas vagas e ilusorias no conduce a ninguna parte. Tropezar dos veces con la misma piedra nunca es aconsejable.

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