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Trump, Fez y el Cowboy (y 2)

Estados Unidos ha sido (y en cierta forma lo sigue siendo) una tierra de acogida

Martín Garrido

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En el artículo anterior perdimos al lector, y nos perdimos nosotros mismos, en los callejones de Fez, en busca de una respuesta, o al menos una explicación, a que el hombre más poderoso del mundo, el presidente de los Estados Unidos, haya sido elegido para el cargo por voluntad de sus conciudadanos. Les adelantamos que la escritora Fátima Mernissi tiene una explicación razonable.

El flamante presidente americano representa más que todos los anteriores, más que Bush y Reagan, el mundo del Cowboy y de las películas del Oeste americano, al que también recuerda en cierta forma nuestro ex-presidente Aznar. Su éxito (y también su previsible fracaso) se encuentra en ser el mismo un Cowboy. Su mundo se limita al rancho, que muchas veces no es suyo, y a protegerlo de los forasteros que sólo pueden poner en peligro su riqueza. Para el héroe de las películas americanas, los «otros» (sean éstos apaches, mexicanos, o cualquier otra tribu de desconocido nombre) sólo quieren quedarse con el ganado y con el rancho y es necesario acabar con ellos de la forma más rápida posible y en el menor tiempo. Quienes sean los forasteros, las razones que le han llevado a su acción o sus propios pensamientos, carecen de la mínima importancia.

Algunos han puesto de manifiesto la relación que existe entre las películas americanas del Oeste y la carrera armamentística. Han detectado, por ejemplo, que Howard Hughes fue al mismo tiempo un promotor de todo este tipo de filmes en los años treinta y uno de los mayores fabricantes de armamento bélico. Han observado que las películas no eran un simple pasatiempo sino una manera de influir en la mente de los ciudadanos.

El Cowboy, el héroe americano por excelencia, se opone radicalmente al Viajero, cuyo representante mítico sería Simbad el marino, uno de los cuentos de las Mil y una Noches, que a su vez se contrapone al otro Simbad (el que nunca salió de Bagdad). A diferencia del Cowboy que no necesita a «los otros», el Viajero necesita conocer al extranjero y saber cuáles son sus íntimos pensamientos. El Cowboy no precisa el diálogo porque todo lo puede resolver con sus pistolas; pero para el Viajero ese diálogo es la base de su éxito, incluso personal, porque sólo mediante el conocimiento del extraño se puede llegar al conocimiento de uno mismo.

El mundo del Cowboy y el del Viajero son dos alternativas excluyentes para enfrentarnos a la globalización de nuestra era: o cerrarnos o abrirnos al exterior. Para Mernissi, en realidad, la alternativa es matar o dialogar.

La Medina de Fez puede ser al mismo tiempo un mundo cerrado que nos aprisiona o un mundo abierto a los demás, un mundo en que no exista el diálogo o que éste sea la base de la sociedad Todo depende de nosotros mismos y de nuestras decisiones colectivas.

Hay dos grandes mezquitas en Fez construidas en los comienzos de la ciudad en el siglo IX. Una la Qarauiyín en referencia de las familias musulmanas que tuvieron que huir de Kairuán (en el actual Túnez); la otra, la de los Andaluces, en honor de las familias musulmanas que igualmente tuvieron que abandonar Andalucía para evitar males mayores. Huyeron para evitar la muerte y encontraron en otro lugar lejos de su casa el diálogo, base de la convivencia.

Cuando el gran historiador y precursor de la sociología Ibn Khaldûn, que vive en Fez en el siglo XIV, se dedica a escribir un largo dictamen para resolver la controversia surgida entre los sufís de Granada sobre el camino a seguir («el Maestro y el Jurista» o «La Vía y la Ley»). Khaldûn es en el fondo un exiliado y un viajero. Para él no hay otra salida que el cumplimiento de la ley, que nunca debe ser literalmente interpretada, y el diálogo. Y así cuando se pregunta sobre la causa de que su familia tuviese que abandonar Andalucía en la que durante siglos había vivido, no la encuentra en argumentos bélicos sino en algo más sutil: los padres no habían adiestrado a sus hijos en el arte de dialogar con los enemigos. Estados Unidos ha sido (y en cierta forma lo sigue siendo) una tierra de acogida que se abre al extranjero y al mismo tiempo una tierra que construye muros para separarse de él. Y el mundo islámico también ha sido (y sigue siendo) un mundo cerrado que nos impide entrar (como en sus mezquitas) y al mismo tiempo un mundo abierto que durante siglos permitía circular con seguridad de un lugar a otro. Las dos culturas, ahora aparentemente enfrentadas, han tenido a lo largo de la Historia sus Cowboys y sus Viajeros y ninguna puede irrogarse el predominio de unos u de otros.

El psicólogo infantil Bruno Bettelheim, nos señala Mernissi, ha estudiado los cuentos de Simbad el Marino para intentar entender nuestro miedo irracional a lo extraño (y al extranjero) y al mismo tiempo nuestra atracción por lo que hay detrás de los muros de nuestra casa y por los niños que juegan en el patio del vecino. Para este científico «hoy los niños ya no se desarrollan dentro del ámbito de seguridad que ofrecía la familia numerosa, ni de una comunidad bien integrada. Hoy más que en la época en que se inventaron los cuentos de hadas, es importante surtir al niño de imágenes de héroes que tienen que salir al mundo ellos solos y que, a pesar de desconocer al principio las cosas importantes, encuentren lugares seguros siguiendo el camino correcto con una profunda confianza interior».

El héroe de los niños del futuro debe ser Simbad el marino y no el otro Simbad o el Cowboy Trump.

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