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'Trurbis'

Antes de que pase un siglo, Reus y Tarragona estarán juntas, al menos en las estructuras
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Existe un género literario y por supuesto unas excelentes películas derivadas de él que se denomina ciencia ficción. ¿Quién no ha oído hablar o no ha leído sus relatos? Los novelistas más representativos del género puede que sean Isaac Asimov y Artur C. Clarke, aunque para muchos lectores que gustan del género hay otros autores menos conocidos y populares con excelentes narraciones. Sin embargo, otros muchos escritores no encuadrados en esta materia nos han proporcionado grandes relatos que se adelantan en el tiempo. A muchos ciudadanos les sonará o han leído algunos títulos de las obras más conocidas, entre las muchas que se han publicado, Un mundo feliz de Aldous Huxley, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o bien 1984 de George Orwell (Eric Blair), imprescindibles lecturas que, sin ser autores puros defensores de la ciencia ficción, nos plasmaron posibilidades futuristas a una sociedad actual.

En los tiempos que nos movemos, que todo va tan rápido, todo es para ayer y no tenemos espera para nada, hay que ser previsores y adelantarnos al mañana. Hoy los trenes van a 300 km/h; las comunicaciones al segundo; las imágenes van y vienen cruzando mares; se sabe en un instante lo que ocurre en el más recóndito lugar del planeta, etc. ¿Quién se imaginaba hace unos años que la Renfe llegara puntual y los desplazamientos terrestres compitieran con los aviones?, ¿quién que un mensaje se recibiera casi al segundo y, lo mejor, la respuesta al momento?, ¿quién que una foto saliera en tu instrumento de telecomunicación portátil con una perfección ideal? Ahora se considera esto ‘normal’, pero hace unos cuantos años era ciencia ficción, impensable o sólo imaginable por algunas mentes futuristas. Todo es un suspiro, casi todo pasa a velocidad de vértigo. De seguir así, ¿qué nos espera para dentro de pocos años? Lo que sí es una realidad es que nos debemos preparar para los múltiples acontecimientos que se están gestando y que nos debemos ir mentalizando para el futuro de vértigo.

Así, con una realidad cambiante en el día a día; con acontecimientos varios de difícil aceptación y dudosa efectividad; con incomprensibles pugnas para establecer necedad; con estira y aflojas que no nos llevan a ningún sitio; con megalomanías aisladas de poca efectividad; con… tanta estulticia disfrazada de propiedad, uno piensa que lo mejor es la consolidación de cimientos potentes para un advenir inmejorable. Es lo que muchos ciudadanos piensan en relación a nuestro entorno, a nuestro territorio, a lo que en un futuro, mediato o un poco más lejano, acontecerá entre las ciudades de Tarragona y Reus, que van a estar unidas y que va a ser una sola urbe. ¿Alguien lo duda?

En mi opinión antes de que pase un siglo, las ciudades de Reus y Tarragona estarán juntas, por lo menos en lo que se refiere a las estructuras. Al paso que vamos y con un eje de unión como es la T-11, alrededor del que van apareciendo más y más edificaciones, no habrá separación visual. La separación visceral siempre existirá si no se emplea el raciocinio que debe imperar. Así, mientras no nos pongamos de acuerdo en cómo realizar las estructuras, las infraestructuras, las supraestructuras de una ciudad de más de un cuarto de millón de habitantes, las ganancias serán para un tercero.

El potencial que puede adquirir esta nueva urbe podría hacer temblar a ciudades cosmopolitas de más arriba. Se podría competir en muchísimos campos y ser referente de muchas cosas, que ahora no podemos por la fragmentación. ¡Así nos va!

Es complicado, puede que impensable, pero no imposible y los que saldrían ganando serían nuestros descendientes. Si pensamos en el futuro y no en el presente, si no nos miramos el ombligo en vez de levantar la vista, si dejamos este orgullo provincial del yo y yo sin proyectar nuestras miras a una mejor manera de vida, es que sólo pensamos en singular y no en plural. No pensamos en progreso, simplemente en el día a día, y el que piensa en esto no tiene conciencia social.

Lo de menos será el nombre que adquiera la nueva polis, fruto de la coherencia de los ciudadanos. Lo importante será el poder, la capacidad de acción que puede adquirir. La envidia que puede generar dentro y fuera de nuestras fronteras. Una nueva urbe de viejas raíces, pero con nuevos brotes. Un mejor vivir para los futuros residentes del territorio.

Por poner un nombre, se debe ser generoso y basta con tomar las iniciales de ambas y añadir su raíz para dar paso a ‘Trurbis’, que aunque sea en latín queda mejor que ‘polis’ ya que recuerda a las ciudades de los cómics.

Sólo queda lo más importante, la labor de los dirigentes de ir preparando a los ciudadanos para los acontecimientos venideros, aunque muchos de nosotros no los veamos.

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