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Twitter y las pirañas

Decenas de miles de mordisquitos pueden reducir a la persona más fuerte a un esqueleto
Whatsapp

Leo en el New York Times un magnífico reportaje de Jon Ronson titulado ‘Cómo un estúpido tuit destrozó la vida de Justine Sacco’ y no puedo evitar contárselo a ustedes. Ronson narra el trágico descenso a los infiernos de una joven norteamericana que, poco antes de subirse a un avión con destino a Sudáfrica a ver a su familia, escribió en Twitter: «Yendo a África. Espero no coger el SIDA. Es broma. ¡Soy blanca!». La broma es estúpida, carente de gracia y reprobable. Fue escrita deprisa y corriendo, con lo que es poco precisa (ella quería decir que vivía en una burbuja, por su condición racial). Cuando alguien dice una memez de este calibre, normalmente sus followers se la afean, el memo borra el tuit y pide perdón, y asunto solucionado. El problema para Justine fue que permaneció diez horas encerrada en un avión sin acceso a internet. Y que por uno de esos azares del destino, el tuit llegó a un periodista conocido que lo retuiteó, con una frase indignada. Ahí cogió tracción, hasta convertirse en el número uno de los trending topics mundiales.

Internet está lleno de idiotas diciendo tonterías, y Twitter no es una excepción. A diario me mandan a mi propia cuenta decenas de mensajes con gilipuerteces machistas, sexistas, homófobas o racistas. Nunca los retuiteo, porque no sé quién está detrás de ese anonimato tan cómodo que ofrecen las redes sociales. Sin embargo, Justine sí estaba detrás de la cuenta de Justine, y de ahí que cuando bajó del avión se encontró con decenas de llamadas perdidas, mensajes en su buzón de voz y miles de respuestas a su tuit. Entre las llamadas estaba la de su jefe. La gente había descubierto dónde trabajaba, así que habían atiborrado la centralita de llamadas hasta que la empresa se comprometió a despedirla. Y eso ocurrió. Justine se subió a un avión siendo una trabajadora inconsciente y se bajó de él siendo una sabia desempleada.

Justine aprendió mucho, a través del sufrimiento. Descubrió que Twitter es un estanque lleno de pirañas, donde es fácil y gratuito hacer daño. ‘Sólo es un mordisquito’, pensará alguien que insulta, que acosa, que agrede, que se mofa. Decenas de miles de mordisquitos pueden reducir a la persona más fuerte a un esqueleto. Todos los que perseguían a Justine con picas y antorchas, en realidad solo querían su libra de carne. Porque no nos engañemos, toda la supuesta indignación popular no era más que una excusa para el alegre y divertido deporte del linchamiento en masa.

Justine fue despedida, humillada ante todo el planeta y tardó muchísimo en volver a encontrar otro empleo, e incluso cuando lo encontró su nueva empresa también fue acosada. Como si un mal chiste en 140 caracteres mereciesen ese castigo, o ningún otro. Justine aprendió, pero los que deberíamos aprender somos nosotros.

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