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Un año que tocará votar

Ninguna elección es banal, pero las de este año pueden dirimir más que simples relevos en el poder
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Ya se sabe que es frecuente aprovechar el tránsito de un año a otro para hacer balance del que ha quedado atrás. También surge la tentación de perfilar qué va a suceder en el recién iniciado, aunque sea con el lógico riesgo que lleva aparejado cualquier vaticinio. Nunca faltan, sin embargo, cosas que se pueden predecir con relativa seguridad. Este 2015 que arranca sabemos que tocará votar. ¿Cuántas veces? La única ya decidida será el 24 de mayo, con municipales para todos y autonómicas en al menos 13 comunidades. Pero puede que haya más. Muy probablemente, habrá elecciones generales hacia el final de otoño, dado que la actual legislatura cumplirá cuatro años antes de Navidades. Y penden, como es sabido, unos posibles comicios anticipados en Catalunya, junto a crecientes rumores de que Andalucía también podría optar por una disolución anticipada, como respuesta a las crecientes tensiones de la coalición gobernante. Poco a poco, se despejará.

Más temerario, al borde de lo insensato, puede resultar hacer pronósticos sobre vencedores y derrotados en cada elección. Las encuestas pueden ayudar, sin duda, pero es un tópico –cierto- que la única válida es la que resultará del recuento de los votos depositados en las urnas. Las tendencias, en todo caso, están ahí. Una que aparece bastante clara es el creciente desapego, si se prefiere desconfianza de los ciudadanos hacia los partidos que han ocupado con mayor frecuencia posiciones de gobierno en cada demarcación. Algo que, según los mismos sondeos, estaría propiciando el auge paralelo de grupos que ofrecen propuestas de concepción alternativa, incluso trascendiendo los contornos del actual sistema.

El resultado de las últimas elecciones europeas y los datos de los sondeos han dado pie a que se dé por prácticamente finiquitado el predominio bipartidista que socialistas y populares han encarnado desde 1978. Tan es así que incluso se les atribuyen riesgo de caer en la irrelevancia que han padecido algunos de sus homólogos en otros países de la Unión Europea (UE). Las referencias de Italia, Francia o la muy actual de Grecia están y seguirán estando en los análisis y presunciones de por dónde puede discurrir el futuro político por aquí. ¿Es prematuro el pronóstico? O, visto de otra manera, ¿les queda margen de recuperación? Es una de las principales incógnitas que las sucesivas votaciones de este año habrán de clarificar.

El descontento social no se puede ignorar. La crisis ha tenido, sin duda, un peso determinante, pero en el fondo no ha hecho más que propiciar una indignada toma de conciencia de que se estaban acumulando derivas intolerables en la mayoría de quienes ostentan posiciones de representación y poder. Entre las más indignantes, la apropiación partidista y endogámica de las instituciones básicas del sistema, hasta ahora sin síntomas contundentes de corrección. Entre lo que más solivianta, figuran destacadamente las evidencias de corrupción y, todavía más, la actitud asimétrica con que suelen abordarse la propia y la ajena. El principal síntoma de rechazo es el respaldo que las encuestas atribuyen al proyecto rupturista que preconiza Podemos, entre el primer y el tercer puesto en intención directa de voto, dependiendo del ámbito territorial consultado. Pero no es lo único: hay más.

El deterioro de la calidad democrática es innegable. Por eso resulta un tanto decepcionante que los inmediatos comicios no lleguen precedidos siquiera de cambios en la normativa electoral. Otro tanto puede decirse de que, al menos hasta la fecha, ninguno de los partidos tradicionales haya incorporado a su programa una sola propuesta contundente para enmendar lo que, en términos generales, ha quebrado el carácter auténticamente representativo del sistema. Una dejación que amenaza reducir el debate a que todo siga como hasta ahora, con los mismos o renovados protagonistas, u optar por formas de participación y gobierno de corte más radical.

En democracia, ninguna elección es banal, pero las previstas y probables en este año que empieza se pueden considerar cruciales por todo lo que hay en juego. Esta vez es presumible que el voto vaya más allá de dirimir un simple relevo en los respectivos gobiernos y alcance al modelo político configurado y persistente desde 1978. La presunción es válida para casi todo, lo que deberá obligar más que nunca a meditar seriamente las implicaciones de cada papeleta que se elija depositar.

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