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Un antes y un después

M.Victòria Bertran

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El acuerdo entre la UE –Nobel de la Paz en 2012– y Turquía que hace pasar por legales las deportaciones de migrantes puede marcar un antes y un después en nuestro mundo cotidiano. Si es cierto que echar la culpa a la UE es tapar la responsabilidad de todos y cada uno de los estados miembros –aquello de entre todos la mataron y ella sola se murió–, también lo es que no ha habido voces contrarias a lo acordado, excepto desde Grecia.

En primer lugar, habrá más desapego del sentimiento de pertenencia a Europa. Los que ya no lo tenían se quedarán igual, pero quienes albergaban un mínimo orgullo europeo –mayormente jóvenes y personas de mediana edad– habrán de tragar con que pertenen a la generación de europeos que abandonó a los refugiados. Será difícil que renueven la confianza en la unión si no cambian mucho las cosas.

Por otra parte, los valores democráticos de los que tanto nos gusta jactarnos ante otras realidades culturales quedarán en entredicho. Ante el mundo musulmán, por ejemplo. Y aquí no vale decir que los países mayoritariamente islámicos no acogen. Veamos Jordania, Líbano y –ahora todavía más– Turquía. Al agravio sobre los sirios tras una guerra de cinco años ante la que Europa ha estado ciega y sorda mucho tiempo, se añade ahora el repudio y la negación de asilo. Resultado: más abono para el resentimiento.

Finalmente, la brecha entre la estructura mastodóntica que es la UE y la ciudadanía, se agiganta. Sumada al distanciamiento nacido de las políticas de austeridad dictadas por Bruselas –o aquí mejor, por Berlín–, el proyecto común queda más que tocado.

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