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Un coche y dos cuchillos

Los occidentales vamos asumiendo, poco a poco, que estos sucesos no van a detenerse

Dánel Arzamendi

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S abíamos que volvería a suceder, aunque no conocíamos la fecha ni el lugar. Por muy eficaces que sean servicios de inteligencia, la infalibilidad no existe. A medida que disminuye la envergadura del plan, aumenta la dificultad para detectarlo. El mundo es muy grande y un hombre es muy pequeño. Lo han vuelto a hacer. Y lo volverán a hacer.

Pocos minutos después del tiroteo, las grandes cadenas de noticias interrumpían sus informativos para dar cuenta de unos extraños sucesos en el centro de Londres. El parlamento británico había cerrado sus puertas tras escucharse varios disparos en las inmediaciones, y un grupo de viandantes había sido atropellado por un todoterreno en el puente de Westminster. La policía desvinculaba inicialmente ambos acontecimientos, considerándolos una fatal coincidencia. Durante esos primeros minutos nadie se atrevía a confirmar que se trataba de un atentado. Sin embargo, todos lo intuíamos.

Esta convicción general demuestra que las cosas han cambiado mucho desde septiembre de 2001. Entonces fuimos millones los televidentes europeos que contemplamos con sorpresa un insólito accidente de aviación en una torre de Manhattan, sin ser conscientes de que asistíamos a los primeros compases de un desastre de proporciones bíblicas que cambiaría la historia. Eso ya no nos sucede. En cuando coinciden determinados factores, ya nadie tiene la menor duda. Lo hemos vivido de manera recurrente durante los últimos años en una discoteca de París, en un aeropuerto de Bruselas, en un paseo de Niza, en una iglesia de Normandía, en un mercado de Berlín…

Por lo que parece, los occidentales comenzamos a asimilar lo que significa convivir con el horror, aunque nuestra noción de tragedia pueda resultar exagerada en comparación con la masacre continua que padecen otros países azotados por el látigo yihadista: Irak, Pakistán, Kenia, Yemen… Cabe discutir si esta aclimatación a la atrocidad debe ser valorada positiva o negativamente, aunque estoy convencido de que se trata de un fenómeno inevitable (viví en Euskadi durante los años ochenta, así que sé de lo que hablo). Del mismo modo que nuestros sentidos bloquean la percepción de estímulos desa

gradables y recurrentes (quienes viven junto a una vía férrea, por ejemplo, suelen terminar dejando de oír el paso de los trenes), así también nuestra mente atenúa progresivamente el dolor psicológico provocado por aquellos sucesos que se nos presentan de forma reiterativa (pensemos en la capacidad de adaptación que ha demostrado históricamente la población civil en contextos ciertamente espantosos). Los expertos señalan que un sonido, por ejemplo, nos impacta de forma destacable cuando se manifiesta de forma contundente y aislada, y se vuelve imperceptible a medida que disminuye su volumen y aumenta su frecuencia. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el fenómeno yihadista.

Efectivamente, como consecuencia de la presión policial y la colaboración internacional, el terrorismo islamista se ha visto progresivamente obligado a cambiar su modus operandi: hace algo más de tres lustros, miles de personas murieron en el World Trade Center a manos de varios comandos de radicales adiestrados; tres años después, los asesinos utilizaron grandes cantidades de explosivos para matar a casi doscientos madrileños; los bárbaros se decantaron en 2015 por las kalashnikov para segar la vida de un centenar largo de parisinos; el pasado verano, Mohamed Lahouaiej Bouhlel se valió de un camión para matar a ochenta y ocho personas que se agolpaban en el Paseo de los Ingleses de Niza, un método similar al utilizado pocos meses después en la Breitscheidplatz berlinesa para ejecutar a once viandantes; este miércoles, en Londres, Khalid Masood ha utilizado un todoterreno y dos cuchillos para acabar con tres personas... La pauta es clara: los atentados son cada vez más frecuentes (en una semana también se han producido ataques en París y Amberes), cuantitativamente menos ambiciosos, y con métodos más rudimentarios: primero aviones, luego explosivos, después armas automáticas, más tarde camiones, posteriormente automóviles… ¿Qué será lo siguiente, un Segway?

Este cambio de estrategia ha afectado a nuestro umbral de sensibilidad, alterando la reacción ante las embestidas de los radicales. Cualquier matanza islamista provocaba tradicionalmente un alud de condolencias en las redes sociales, una respuesta que esta semana ha brillado por su ausencia. La conmoción social es cada vez menor y el luto se acorta, aunque reconocerlo no sea políticamente correcto. Los occidentales vamos asumiendo, poco a poco, que estos sucesos no van a detenerse, al menos a corto o medio plazo. Por un lado, puede considerarse que esta tendencia adaptativa nos deshumaniza, en cuanto impide que reaccionemos ante el dolor ajeno con la empatía deseable. Pero por otro, también es cierto que limita la efectividad de los propios atentados, cuyo único objetivo es el amedrentamiento colectivo.

Parece indiscutible que las probabilidades de perder la vida en un ataque terrorista son ridículamente menores, por ejemplo, a las de fallecer al volante de nuestro propio vehículo, y sin embargo nadie sale a la carretera pensando que va a morir. ¿Por qué? Porque la eventualidad de sufrir un accidente es asumida como un riesgo consustancial a nuestro modo de vida, y aunque miles de europeos perecen anualmente sobre el asfalto, a nadie se le ocurre cambiar por ello sus rutinas habituales. Con el terrorismo está ocurriendo algo parecido: nos estamos habituando a su presencia, y precisamente por ello, está perdiendo su poder para mediatizar nuestros hábitos y limitar nuestras libertades, una evidencia que muestra perfiles ciertamente claroscuros. En cualquier caso, más vale que nos acostumbremos a este nuevo yihadismo de intifada, pues nunca podremos identificar y neutralizar a todos los tipos solitarios con un coche y dos cuchillos de cocina. Su insignificancia es la garantía de su éxito.

danelarzamendi@gmail.com

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