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Un, dos, tres... vota otra vez

Mismos candidatos, idénticos programas? ¿sugiere que los votantes deben ´recapacitar´?

Enrique Badía

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No es que vayan a rescatar, que se sepa, el legendario programa que, allá por los años setenta del pasado siglo, copó la audiencia televisiva de la mano de Chicho Ibáñez Serrador. Quizá ni siquiera se acuerden de él varios de los actuales dirigentes políticos, pero su encabezado parece inspirar lo hecho o dejado de hacer para que deviniera estéril la votación del pasado 20 de diciembre y deba repetirse seis meses después. Hay que decirlo: con una decepcionante falta de seriedad.

Repetir las elecciones forma parte de la previsión constitucional. Y, desde ese punto de vista, cabría apelar a una relativa normalidad. Que se recuerde, ha ocurrido. Melilla (1989), Madrid (2003) y Asturias (2012) tuvieron que volver a colocar las urnas para hacer viable la gobernación y en varios municipios ha habido que hacerlo para reconfigurar los respectivos ayuntamientos, pero citar estos casos como antecedente no resta significado a que ocurra por primera vez a nivel estatal. Resulta también dudoso que sirva para buscar paralelismos y anticipar qué puede pasar.

Va a ser tan lógico como inevitable que, de aquí al próximo 26 de junio, proliferen los pronósticos sobre cuál va a ser la reacción del electorado. Cabe suponer que cada partido ha hecho sus propios cálculos sobre si el nuevo llamamiento a las urnas va a beneficiarle o perjudicarle… con la hipótesis o la sospecha de que ello haya influido sobremanera en su estrategia (?) durante los últimos meses. Claro que, visto lo visto, da la sensación de que han coincidido en la presunción imposible de que les va a ir necesariamente mejor.

Desde antes de conocer el desenlace del fallido proceso de investidura, todos han reanudado –en realidad no habían interrumpido– sus intentos de arañar votos, aunque con decreciente capacidad de convicción. No sólo se desdicen de buena parte de lo que dijeron antes de los pasados comicios, sino que aún más tratan de disfrazar lo que en realidad han intentado desde que se conoció el resultado. Llamativos, por no decir otra cosa, son los golpes de pecho lamentando que las elecciones se tengan que repetir. Cualquiera diría que evitarlo no dependía de ellos, pero resulta aún más patético ver cómo se echan la culpa unos a otros, sin reconocer ni asumir la más mínima responsabilidad.

Tampoco resulta fácil entender los primeros indicios de cómo piensan afrontar la cita del próximo junio. Sorprende, en primer término, la decisión de repetir las candidaturas presentadas hace cuatro meses, con la sola excepción de quienes renuncien a presentarse. Suena a una forma de considerar que los votantes se equivocaron y están llamados a recapacitar. En esa misma línea, pendientes de una campaña electoral que como mínimo amenaza ser tediosa, tampoco se atisban propuestas distintas, ofreciendo razones por las que cambiar el sentido individual del voto. Mismas persona, idénticos programas, con igual o acaso menor credibilidad… ¿En qué basan sus aspiraciones de mejorar? Lo que nadie dice y acaso tampoco valore en la dirección de los partidos es qué ocurrirá si los ciudadanos eligen votar igual. ¿Repetir sucesivamente elecciones hasta ver quién se cansa antes?

Echando la vista atrás, toca reiterar cuánto sorprende que ningún dirigente haya sido capaz de asumir, puede que ni siquiera interpretar que salió más o menos derrotado el pasado diciembre, puesto que ninguno alcanzó su objetivo. Más allá de lo que pueda tener de táctica propagandística o intento de mantener alta la moral de los militantes, todos han tratado de autopresentarse como vencedores. Desde ese punto de vista –errado– cabe entender algo mejor que hayan hecho lo que han hecho y se dispongan a reincidir.

Vale la pena recordar que, nada más conocer el resultado de las votaciones, no hubo líder que no se multiplicara en afirmar que había entendido el mensaje: los ciudadanos querían que pactaran, rechazando tanto las mayoría absolutas como el bipartidismo más o menos imperfecto que venía rigiendo desde la Transición. La verdad es que no se ha notado porque la renuencia a pactar ha abundado más que lo contrario y proliferado los tics demostrativos de que, en el fondo, todos sueñan con disfrutar de una mayoría absoluta que les permita hacer y deshacer a su antojo desde el poder. Ninguno lo reconoce, más bien lo niega, pero se les nota lo suficiente como para deducir que es lo que hay.

Al propiciar, por acción u omisión, que se tengan que repetir las elecciones, no es seguro que se haya tenido debidamente en cuenta el riesgo de que se dispare la abstención. Justo lo que la mayoría de expertos está señalando como probable factor determinante del resultado final. La duda estriba en si su posible extensión será transversal, es decir repartida más o menos por igual entre todos los partidos, o acabará siendo mayor en unas opciones que en otras, con decisivos efectos en el cómputo proporcional. Por no mencionar la posibilidad de que la inhibición venza en dos planos distintos: constituyendo el porcentaje mayoritario del censo, o facilitando la victoria de las listas que logren mantener la movilización de sus partidarios. ¿Es un resultado que desear?

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