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Un error táctico (inevitable)

Si para nuestros ‘amos’ todo está ya cantado, ¿a qué viene el jaleo del referéndum?

Enrique Gómez León

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Anadie se le escapa que desde hace unos cuantos años toda actividad del gobierno de la Generalitat está subordinada al programa secesionista, a cuyo fin han sido y son sacrificados dineros y energías que merecerían mejor suerte. Uno de los capítulos inminentes de este agobiante programa es el autoproclamado referéndum del día uno de octubre, sobre el que la maquinaria propagandista del régimen se ha volcado con entusiasmo. Y sin embargo, por mucho ardor que inflame a los voceros gubernamentales, para ellos es obvio que tal referéndum es una farsa. No me refiero con este juicio a la manifiesta ilegalidad de la convocatoria, o a la delictiva –y supuesta– apropiación de los datos del censo, al secretismo de las deliberaciones parlamentarias, a la falta absoluta de imparcialidad de las instituciones políticas catalanas, así como la servidumbre más que vergonzosa de la “prensa y TV amigas”. Lo llamo farsa porque el hipotético resultado de tal referéndum no importa lo más mínimo. La prueba de ello es que desde hace un par de años –en realidad muchos más– las autoridades catalanas trabajan en la construcción de las llamadas “estructuras de estado”: abren pseudoembajadas, legislan ocultamente sobre materias que no les competen y preparan, dicen, la rápida consolidación de la república catalana. Si para nuestros amos –pues se comportan así– todo está ya cantado, ¿a qué viene el jaleo del referéndum? La respuesta es conocida: es un gesto hacia la galería internacional. La política nacionalista es puro espectáculo, y no hay ocasión que desperdicie para mostrar al mundo la imaginaria brecha insalvable que distingue a catalanes de los no catalanes, sin temer siquiera caer en la contradicción, el ridículo, o la infamia, como se vivió en Barcelona días atrás. 

Y sin embargo la comunidad internacional se muestra indiferente, cuando no hostil, ante los aspavientos separatistas. Ni aprecian opresión española, ni democracia de baja calidad, ni ninguno de los defectos, podríamos decir objetivables, que denuncian sin desmayo los portavoces del movimiento. Es más: la perplejidad de los extranjeros ha de ser de aúpa cuando conocen la enormidad del presupuesto y la ilimitada libertad de acción de que gozan precisamente aquellos que se quejan de ser esquilmados y reprimidos por el estado español. Sólo algunos grupos de extrema derecha han simpatizado públicamente con la causa secesionista. Los demás sospechan que las airadas quejas de nuestros compatriotas se parecen mucho a las pataletas de los ricos cuando se les conmina a repartir. ¡Tanto trabajo y tanto dinero despilfarrado en “las aventuras de Mortadelo y Puigdemont”!, como una parodia de los tebeos del gran Ibáñez resume con exactitud dolorosa.

Muy otra sería la situación si desde el principio se hubiera optado por buscar el reconocimiento de los otros españoles: sin modificar ni una palabra de las pronunciadas, estoy seguro de que un referéndum como el que se planea hubiera proporcionado a los secesionistas más votos favorables en muchas zonas de la Mancha, o Galicia o Navarra o Andalucía…que en las ciudades menos carlistas y reaccionarias de Catalunya. Me explicaré.

En una novela titulada Dos o tres Gracias Aldous Huxley indaga la etimología de la palabra “bore” –“pelma” en castellano. Huxley señala que algunos filólogos la derivan del verbo que significa perforar, barrenar. Un pelma sería “una persona que taladra vuestro espíritu, que va abriendo sin descanso un túnel en vuestra paciencia (…) hasta la misma medula de vuestro ser”. Otras autoridades, prosigue, optan por derivar el término del francés “bourrer”: atiborrar, saciar. Así “…pelma sería quien os atiborra con su plúmbeo y sofocante discurso, y empleando machaconamente su sebácea personalidad, os la quieren hacer tragar a la fuerza”. Aun satisfecho con ambas interpretaciones, Huxley arriesga una tercera etimología: “bore” remitiría entonces a “burr” –el erizo o vaina de las castañas, que además de pinchar se adhiere y engancha pegajosamente–, completando de este modo el terceto de propiedades que adornan a los pelmazos: perforan, atiborran y se adhieren.

No revelo ningún secreto si digo que para los que no hemos sido bendecidos por la superstición nacionalista, el incesante martilleo secesionista encarna “lo pelmazo” por excelencia. Soportar durante años sus quejas se asemeja mucho, por emplear lo propuesto por Huxley, a sentarse desnudo sobre un lecho de cristales comiendo a la fuerza polvorones mientras una voz chirría a grito pelado mentira tras mentira. ¿Qué ser sensible no desearía alejarse de tal suplicio? 
Los españoles que habitan fuera de Catalunya han sufrido probablemente menos acoso “atiborrante” o “adherente”, pero sin duda han sido obsequiados con dosis extra de pesadez “pinchante”. Cargos institucionales –es decir, no ciudadanos particulares en un mal momento– han tildado a los españoles de ladrones, vagos, intolerantes y fachas, subrayando tales vomitonas con exhibición sonriente de insultos y escarnios a los símbolos comunes. No es difícil imaginar que muchos españoles de más allá del Ebro sentirían –esto es, sin pensarlo– un enorme placer expulsando de España a gente tan impresentable.

Este es el error táctico al que alude el título del escrito: esperar de la comunidad internacional lo que hubiera sido más fácil obtener de la propia comunidad nacional. Ahora bien: el error era inevitable. Confiar en el resto de los españoles es lo único que no puede admitir el delirio secesionista, pues ello implicaría reconocer que todos los ciudadanos del estado tiene los mismos derechos acerca de lo que a todos concierne. Desmontado el cuento del expolio fiscal –repárese en que ya nadie usa este mantra– se muestra en crudo el combustible del “procés”: la defensa de privilegios. La palabra simpática que nombra este anhelo es “identidad”. La palabra antipática que nombra este anhelo de identidad es “xenofobia”, el secreto a voces de toda religión nacionalista.
Los incrédulos, esta famélica legión en los tiempos actuales, preferimos mil veces ser ciudadanos de un estado imperfecto, a ratos incompetente, con corruptelas y favoritismos, pero donde se da la discrepancia, se aspira a la división efectiva de poderes, se protege la libertad de los individuos, y se sueña con la mejora de las instituciones, las leyes y las costumbres, que ser miembros entusiastas de una tribu homogénea. Hay que alegrarse pues del error táctico que han cometido los independentistas. No a todos sienta bien el calor del establo familiar.

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