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Un gran verano

Las dos entrevistas de trabajo han pasado a engrosar mi libro de capítulos surrealistas
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Una noche de esas tontas que no sabes si bailar el “Papichulo” o arreglar el mundo, decidimos, con un grupo de amigos, que en los próximos meses teníamos ante nosotros 4 objetivos: Hacer un calendario desnudos, tener nuestro propio local de copas, montar un grupo de música y quemar Londres.

No nos hicimos ninguna foto enseñando más piel de la cuenta y las entidades financieras no vieron clara nuestra idea de negocio. El grupo de música se quedó en una noche, a altas horas de la madrugada, cantando en una calle cualquiera de Amsterdam a un público entregado y selecto (también minoritario) de la capital holandesa… Y sí, quemamos Londres.

La teoría era perfeccionar el inglés y para ello acabamos en una casa llena de brasileños, en un vecindario de chinos. Una casa de 3 plantas donde vivían habitualmente 15 personas pero en la que cada día aparecía alguien nuevo y siempre había algún motivo de celebración. Que Brasil había ganado la Copa América, que Grecia se llevaba la Eurocopa (era secundario que no hubiera ningún griego entre nosotros) o que a mí no se me había quemado la tortilla.

A nuestra llegada los anfitriones de la casa habían organizado una fiesta de puertas abiertas que aún no entiendo cómo no fue portada al día siguiente en el The Sun, y que nos obligó a tomarnos con calma la búsqueda de trabajo ya que seguir aquel ritmo era como ponerse a rueda de Perico Delgado en el Tourmalet: Un suicidio. O actos sociales para conocer gente o patear Londres con currículos bajo el brazo. Decidimos que lo más correcto y educado era darnos a conocer y que lo demás ya vendría luego.

Las dos primeras entrevistas de trabajo que tuve han pasado a engrosar mi libro de capítulos surrealistas. En la primera un tipo me proponía bailar en las fiestas nocturnas que se organizan en algunos de los barcos que están atracados en el Támesis. En la segunda, un italiano se emperró en que en su bar de copas los cócteles había que servirlos dando espectáculo. No le bastaba con ganar, además quería hacerlo bonito. Sólo les digo que si hubieran grabado mi prueba, el vídeo sería uno de los más vistos de internet.

Acabé en un restaurante de cocina española intentando explicar a los clientes el concepto de pincho moruno, jugándome con otro camarero servir las mesas donde la presencia femenina tuviera protagonismo y rematando las noches en el Pepe’s. Un antro, que se promocionaba como ilegal, donde el 90% de su clientela era española, y que era de los pocos sitios que cerraba todas las noches a las 6 de la mañana. Piensen en el garito más cutre en el que hayan estado, multiplíquenlo por diez. El resultado sería un lujo comparado con el archiconocido, entre la colonia española, Pepe’s.

Un callejón oscuro tocando Oxford Street, dos bares españoles con espectáculo flamenco incorporado, y al final de la calle un local con un rótulo de reparaciones de televisión y una vidriera tapada con hojas de diario. Meterse allí era entrar en un universo paralelo, con clima propio (más cercano al Sahara que a Inglaterra) y algunos de los personajes más variopintos que habitaban la capital británica. Música española de los 80, botellas de un whisky malo que había que beberse rápido y las paredes llenas de firmas de todos los que alguna vez pasaron por allá. Si aún siguiera abierto les diría que buscaran la mía, creo recordar que al lado de la barra.

Y así pasaron los meses. Durmiendo de día, sirviendo de noche y cerrando el bar más roñoso que nunca pisé. Algunos pensaran que fue una forma de malgastar un verano. Yo lo recuerdo y aún se me dibuja una sonrisa. Estío del 2004. Sí, definitivamente un gran verano.

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