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Un lugar en la Historia

Ahora que todos somos franceses, debemos preguntar cuál es nuestro lugar en la historia
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El cerco a ‘Said y Chérif’, a los que el IS calificó de héroes, ha reunido a más de 88.000 agentes para dar caza a sólo dos fanáticos. Los atacantes de ‘Charlie Hebdo’ eran, poco antes del bestial crímen, delincuentes de poca monta, en el supuesto de que exista esa subespecie. Les gustaba el rap y el hachís, ya que era improbable que les gustara leer a Verlaine y beber champán del país originario. Eran dos tipos corrientes, antes de convertirse en yihadistas, o sea, una gente que cree que se mejora el mundo asesinando a los que dibujan sus defectos, con el solo propósito de corregirlos.

El desvalimiento de tantos ciudadanos rara vez se ha hecho notar como en la acción de estos dos dementes. España se pregunta cuántos locos contiene, pero podemos confundirlos con los islamistas que controla Interior. Habla Borges de que «el islam fueron espadas que asolaron el poniente», antes de inventar el mármol curvo de las columnas y por supuesto mucho antes de que otros hombres de otras creencias imaginaran un Dios único, probablemente abrumado y melancólico. Para evitar tanta responsabilidad inventaron los griegos a Zeus, pero parece que tampoco el monoteísmo da un resultado satisfactorio como calmante. Unos Dioses compiten con otros a ver quién puede más.

Ahora que todos somos franceses por solidaridad, debemos preguntarnos cuál es nuestro lugar en la historia, esa cadena de horrores y errores. Algunos nos gustaría que el ilusorio ‘otro mundo’ fuera como éste, una vez rectificados sus fallos más ostentibles. De momento, tal y como van las cosas, lo único que podemos hacer es aumentar el número de policías. Son necesarios muchos más para igualarlos con el número de yihadistas, que además tienen la ventaja de no tener corazón. La piedad nunca ha sido virtud del buen guerrero. Por eso, Nietzsche se atrevió a calificar a Cristo de ‘ladrón de energías’.

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