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¿Un mundo feliz?

Admiro a toda mujer que aspira a ejercer el papel de madre con un hijo, aunque me horroriza pensar en el alquiler de úteros como profesión
 

César Pastor

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César Pastor.Foto: DT

César Pastor.Foto: DT

Recientemente se ha expandido el tema de la gestación subrogada, o alquiler de úteros, lo cual me recuerda dos películas proféticas que se adelantaron a las modernas tendencias sobre reproducción humana. Esas películas son Alguien voló sobre el nido del cuco y Brave new world.

En primer lugar declaro que comprendo y admiro a toda mujer que aspira a ejercer el instintivo papel de madre con un hijo, ya sea natural o adoptado, aunque también confieso que me horroriza pensar en el alquiler de úteros como profesión, o como negocio porque eso ya es traficar con seres humanos.

Este tipo de manipulación genética empezó en 1996 en Escocia con la clonación de la oveja Dolly –¡ojo!- que ya nació con seis años de edad, los mismos que tenía su madre en el momento de la clonación. Es decir que al clonarla se clonaba también la edad del animal clonado.

Dicho esto, digamos también que estamos derivando hacia una sociedad de granja ya prevista en los años 1930 por Aldous Huxley en su obra Brave new world, publicada en España con el título de Un mundo feliz, un mundo sin sexo, un mundo en que el placer sexual, queda sustituido por pastillas de «soma» y cuando se nombra la relación sexual entre hombre y mujer, quienquiera que lo escuche grita «¡qué asco!»

En aquel mundo la reproducción humana estaba condicionada a las situaciones de escasez o de excedente de brazos para llevar adelante el conjunto de la maquinaria social, de manera que cuando era necesario se aceleraba la producción de personas en las incubadoras de la granja. Unas personas que ya nacían sin iniciativa propia y sin otras aspiraciones mentales que las de cumplir a rajatabla las funciones que llevaban impresas en sus genomas. De manera que al final, de humanos solo tenían la forma física, porque ya eran autómatas, robots, sin ninguna de las facultades humanas de pensar, idear, amar, proyectar, sentir deseos, dolor, penas, alegrías, llorar, conversar, etc. Tampoco estaban facultados para viajar, cambiar de residencia ni independizarse profesionalmente; el que nacía para carpintero lo era toda su vida; lo mismo que el albañil, el cerrajero, el campesino, etc.

La compensación radicaba en que en aquel tipo de sociedad no había conflictos sociales, ni huelgas laborales, ni desavenencias, ni protestas, ni altercados familiares o callejeros. Y quizá por todo eso se le llamó Un mundo feliz, aunque ya algunos científicos han avisado de que la manipulación genética podría dar lugar a la creación de monstruos. Recuerdo que hace más de veinte años en Israel se realizaron manipulaciones genéticas en pollos para que nacieran sin plumas y evitar así la molestia de desplumarlos antes de echarlos a la cazuela. Y lo consiguieron.

Los humoristas y caricatos siempre han sacado chispas de ingenio a todo acontecer humano. Platón tuvo la humorada de definir al hombre como «bípedo implume». Existe una anécdota, no sé si histórica o mitológica, según la cual el filósofo Diógenes, de la escuela cínica, desplumó un pollo, y todavía vivo, lo llevó a la Academia de Platón donde lo soltó mientras gritaba: «He aquí el hombre», en razón de que un pollo desplumado es también un bípedo implume. Como es sabido, Diógenes vivía en un tonel. En cierta ocasión fue invitado a comer en la mansión de un señor poderoso. De pronto tuvo ganas de escupir y a falta de escupideras, escupió en la cara del anfitrión alegando que no había encontrado otro lugar más sucio donde escupir.

Quizá algún día surja de cualquier probeta la panacea universal por la que venimos suspirando desde los albores de la humanidad. Bienvenida sea si va a librarnos de los sufrimientos corporales sin exigirnos a cambio la donación de nuestra alma como exige Mefistófeles en el Fausto, de Goethe.

No sé por qué será pero a través de la historia nunca han faltado personajes avispados que han pretendido convertir en rebaño lanar o cabrío a los bípedos implumes humanos. Y no hay en el léxico suficientes adjetivos de repudio contra la subasta de mujeres o la venta de esclavos que han tenido lugar en ciertos países y en ciertas épocas históricas.

Desde un ángulo filosófico –no mencionemos el aspecto religioso– resultaría terrible para el hombre o la mujer habitar en un «mundo feliz» como el planteado por Aldous Huxley en su “Brave new world”, donde a trueque de una supuesta analgesia física y moral se niega al individuo todo rastro de derecho natural y toda demanda del espíritu; lo cual, en definitiva, no es más que otra patraña mefistofélica en moderna versión pseudocientífica. Nacer de madre vivípara, sentirse humano, tener virtudes y flaquezas, abrigar ilusiones y esperanzas, alimentar un amor grande o pequeño, creer en algo superior a nosotros, son frutas maravillosas que aún podemos gustar en este mundo vesánico, aunque para ello debamos cargar también con el pesado fardo de nuestros dolores, nuestras miserias y nuestras angustias. Todo sufrimiento físico o moral será siempre preferible a una existencia de autómata programada desde resortes científicos, aunque sus corifeos nos garanticen que vamos a llevar la vida con la misma comodidad con que se llevan unos zapatos viejos.

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