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Un país de monárquicos

Si existe una casa real problemática en la vieja Europa, sin duda esa es la británica

Enrique Arias Vega

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Lo mío ya es casualidad. Hice un recorrido por el Reino Unido en 2012 que coincidió, entonces, con el jubiloso sexagésimo aniversario del reinado de Isabel II. Para un español, resultaba inimaginable y hasta ridícula toda aquella parafernalia de celebraciones, souvenires y manifestaciones que tuvieron lugar en tal ocasión. Y no me refiero sólo a Inglaterra; iguales demostraciones de alborozo las vi también en Gales y en Escocia. Ahora le ha tocado el turno a un acontecimiento más prosaico, en apariencia: el compromiso matrimonial del príncipe Harry y la actriz y modelo norteamericana Meghan Markle. También se ha armado la del pulpo en todos los medios, sin excepción; los periódicos más vendidos han dedicado la mitad de toda su paginación al evento.

Qué quieren que les diga: sigue pareciéndome algo incomprensible, no ya por el ceremonial monárquico en sí, sino porque, si existe una casa real problemática en la vieja Europa, sin duda esa es la británica: desde la ominosa riqueza incalculable de la reina, hasta los escándalos sexuales protagonizados por el príncipe Carlos y la mayoría de sus antecesores. Pero a la gente parece que le da igual. Y eso resulta tan válido para las tradicionales viejecitas de Sussex como para los inmigrantes paquistaníes de Londres: a la monarquía la tratan como a un activo nacional, aunque sólo sea como reclamo turístico y como emoción diferencial. Si aquí, en cambio, nuestra familia real nos hubiese dado la mitad de problemas que la británica, hace tiempo que estaría ya en el Inem porque, a diferencia del Reino Unido, nosotros somos muchísimo más exigentes y melindrosos y nos la cogemos siempre con un papel de fumar.

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