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Un populista empecinado

Son muchos los temas polémicos que, en una democracia, han salido adelante, alguno sin previo debate parlamentario

Luis Álvarez de Vilallonga

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Luis Álvarez de Vilallonga

Luis Álvarez de Vilallonga

No es la primera vez que un líder populista alcanza el poder de forma democrática y una vez instalado en él se sirve de subterfugios, decretos ley, sirviéndose de alguna pantalla como el estado de alarma rozando la prevaricación, y que atienden a una progresiva acumulación de poder condicionando el legislativo con pactos indecentes que favorezcan sus intereses, solo impugnables con recursos ante los tribunales de justicia y jueces, algunos también sintiendo la presión del ejecutivo.

Manejando estos antecedentes me aparece constantemente en las alacenas del cerebro el nombre de Pedro Sánchez. Desde que me inicié en sociología, jamás conocí un personaje tan camaleónico, con mayor desfachatez, cinismo y egocentrismo que nuestro actual presidente, ello me conduce a pensar si su objetivo es perpetuarse en el poder a cualquier precio, con promesas imposibles, engaños y una falsa filantropía que limpie su imagen y conciencia, si es que la tiene.

Nos estamos acostumbrando a tolerar la hipocresía, la mezquindad, o la falsedad que nos ofrece este gobierno, acólitos de un ególatra que los mantiene en su estatus a costa de nuestros impuestos, amén de sus vergonzosos socios en un viaje a la ruina y un empobrecimiento colectivo.

Me parece mentira que no surjan voces autorizadas que denuncien este despropósito, pero lo fácil es callarse y aceptar el rédito de unas migajas obscenas que se reparte entre un atraído clientelismo. Ciertamente han surgido voces del propio Partido Socialista, críticos con el sanchismo que se han pronunciado con la boca pequeña, una pantomima que no conduce a nada, cuando lo que interesa es mantener el puesto.

La noble sinceridad redime de muchas cosas, más que los privilegios y prebendas ofrecidos desde el poder

Son muchos los temas polémicos que, en una democracia, si la consideramos avanzada, hayan salido adelante, alguno sin previo debate parlamentario. La última guinda nos la ofrecen con el indulto a los presos políticos.

A la pregunta del líder de la oposición Pablo Casado «Conteste al Parlamento. Va a indultar a los condenados por sedición sí o no». Sánchez contesta «Hay un tiempo para el castigo y otro para la concordia. El Gobierno tomará su decisión en conciencia». Y uno se pregunta ¿qué conciencia?, si no la hay. Una postura surrealista alejada de toda sensatez y recomendaciones de jueces y fiscales.

Del humanismo cristiano se desprende que el reconocimiento del delito, la confesión y el arrepentimiento, tiene la contrapartida de la tolerancia, la comprensión y el perdón. La noble sinceridad redime de muchas cosas, más que los privilegios y prebendas ofrecidos desde el poder. Aquí no se trata de poner la moral colectiva a los pies del sanchismo, muy al contrario, no se puede confundir la concordia, de que habla Sánchez, con el derecho a mantener los valores éticos que cimientan una sociedad justa y equilibrada.

Que difícil debe ser coronar con honestidad una carrera política, más aún cuando no se sabe cuándo termina «la cara» y empieza el rostro.

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