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Un quiosco entre trincheras

Resulta más que comprensible el desconcierto de un amplio sector de la población, que no entiende cómo un derroche de escrupulosidad administrativa y rigidez burocrática puede echar por tierra un icono de nuestra historia comercial, intelectual y sentimental

Dánel Arzamendi Balerdi

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Dánel Arzamendi Balerdi. Foto: DT

Dánel Arzamendi Balerdi. Foto: DT

Probablemente, una de las iniciativas más positivas que asumió desde un inicio el actual equipo de gobierno municipal fue convertir a Tarragona en una ciudad BikeFriendly. Ciertamente, al margen de la perspectiva lúdica de fin de semana, el uso de la bicicleta como medio de transporte habitual ha sido históricamente insignificante en nuestro entorno cercano. Se trata de una realidad evidente para quienes anteriormente hemos residido en capitales como Vitoria, San Sebastián o Pamplona, por no hablar de otras ciudades del norte europeo, donde los nativos parecen nacer pedaleando.

Sin duda, la infrautilización de esta alternativa de movilidad económica, sana y sostenible viene marcada por una orografía local que dificulta su popularización. En efecto, nuestras omnipresentes y pronunciadas cuestas desincentivan esta opción: cuando cogemos la bicicleta con mentalidad deportiva, la transpiración es una eventualidad asumida como consustancial a la propia actividad; pero cuando el objetivo es ir a la oficina o a la facultad, la posibilidad de llegar con una camisa tipo José Antonio Camacho descarta la idea por antiestética, antihigiénica y antisocial.

Sin embargo, la irrupción y popularización de la bicicleta eléctrica ha cambiado el paradigma del transporte sobre dos ruedas. Hoy resulta cada vez más asequible subirse al sillín y atravesar la ciudad desde el Serrallo hasta la Part Alta sin derramar una gota de sudor. Lamentablemente, en nuestro caso, esta transformación global chocó de bruces contra una realidad urbana sin cultura de la movilidad a pedales y sin carriles específicos que la compatibilizaran con el vehículo tradicional y los peatones. Y en este momento se planteó la pregunta del millón: ¿esperamos a que haya demanda para crear la infraestructura, o creamos la infraestructura para favorecer estos nuevos hábitos? ¿El huevo o la gallina? El consistorio, acertadamente, apostó por la segunda opción, que se ha concretado en el diseño y ejecución del carril bici que unirá el centro de la ciudad con los dos campus de la URV. Sin embargo, teniendo en cuenta que hacer una tortilla exige siempre romper huevos, en este empeño no han faltado algunas fricciones que han saltado al debate público.

La principal polémica derivada de esta obra ha sido la posible desaparición del quisco situado en la plaza Imperial Tarraco, junto a la avenida Estanislau Figueres. El establecimiento lleva medio siglo dispensando prensa a la ciudadanía, y ya forma parte indisoluble del paisaje visual y comercial de nuestra capital. Lamentablemente, el próximo 8 de octubre vence la concesión del emblemático negocio, y el ayuntamiento ha decidido cerrarlo por considerarlo incompatible con el trazado del nuevo carril. Como era previsible, la oposición se ha plantado en bloque contra la resolución municipal, aprobando una moción que evite la pérdida de un símbolo tan apreciado por miles de tarraconenses. Incluso se ha organizado una recogida digital de firmas para detener la clausura. Aun así, el equipo de gobierno se mantiene en sus trece, apoyándose en unos informes técnicos que parecen avalar su postura. Partiendo de que nada es blanco o negro en esta controversia, parece razonable proponer algunas reflexiones al respecto.

Por un lado, resulta más que comprensible el desconcierto de un amplio sector de la población, que no entiende cómo un derroche de escrupulosidad administrativa y rigidez burocrática puede echar por tierra un icono de nuestra reciente historia comercial, intelectual y sentimental. Muchos se han acordado estos días del desdichado caso del Fortí de la Reina, preguntándose si nos encontramos ante un problema de legalidad o de voluntad. La normativa debe respetarse, sin duda, pero entendiendo que su razón de ser consiste en servir como herramienta eficaz al servicio de la consecución de los objetivos colectivos, no como rígido estorbo para lograr estos fines.

En segundo lugar, esta estupefacción a pie de calle resulta aún más lógica en un contexto de desertización económica de nuestro núcleo urbano. Somos muchos los que observamos con enorme inquietud la imparable espiral de decadencia que se percibe en la red de pequeños negocios que tradicionalmente han plagado nuestras calles más céntricas. A la vista del panorama, la decisión de cerrar administrativamente un establecimiento veterano y exitoso respalda la posición de quienes consideran al actual equipo de gobierno poco o nada sensible con nuestro tejido productivo. La tendencia centrífuga del sector comercial no es un fenómeno exclusivo de Tarragona, sin duda, pero en nuestro caso comienza a adoptar un semblante casi agónico.

Por último, el hecho de que el debate sobre las posibilidades de preservar este quiosco haya trascendido el análisis técnico, para adentrarse de forma explícita en la batalla política, quizás termine constituyendo un flaco favor para los titulares del establecimiento y sus clientes. En efecto, la conversión de este problema en una batalla de trincheras probablemente haya favorecido el empecinamiento de los responsables municipales, cuyas manifestaciones públicas evidencian que ya entienden esta cuestión como un conflicto partidista y no urbanístico. Y en un contexto como el actual, en el que la política ha dejado de ser el arte de buscar el bien común para transformarse en una descarnada guerra por conservar o conquistar el poder, ya no se trata de analizar cuál es la mejor solución sino de ver quién hace morder el polvo al adversario.

Quizás ha llegado el momento de que los polemistas de la plaza de la Font, de uno y otro bando, decidan bajarse del burro por el bien de la ciudad, y exploren alguna posibilidad de acuerdo para salvar un quisco que no es sólo de sus titulares, sino también de todos los habitantes de Tarragona: de los que fueron, de los que son y de los que serán. Aproximar posiciones no es rendirse, sino buscar una salida con voluntad política de entendimiento y no de aplastamiento. En este tema, como en muchos otros, todos los tarraconenses deberíamos estar en la misma trinchera.

Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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