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Un sabio insobornable

Ricardo Senabre era el mejor crítico literario con que contábamos hasta hace unos días
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Pocos, fuera de los círculos académicos y literarios, sabrán quién fue y lo que hizo y significó. Se llamaba Ricardo Senabre Sempere y ocupó durante muchos años la cátedra de Teoría de la Literatura en la Universidad de Salamanca. Era un verdadero sabio, un profundo conocedor de nuestra lengua y de la literatura española y universal. Y me atrevo a decir que el mejor crítico literario con que contábamos hasta hace solo unos días. Murió el jueves pasado en Alicante, a causa de la enfermedad pulmonar que padecía, pero se mantuvo activo, leyendo y escribiendo, hasta el final. Haciendo, entre otras cosas, lo que supo hacer acaso como nadie: andar al acecho del nuevo talento, para señalarlo en cuanto aparecía, asumiendo el riesgo correspondiente, en esa benemérita función del crítico que según el maestro Raymond Chandler es la primera y genuina, antes que limitarse a ensalzar a quien ya se ha vuelto respetable.

Muchos de los que escribimos en nuestro país le debemos gratitud inextinguible porque él fue el primero, entre todos los críticos que escribían en suplementos literarios, que saludó con atención y generosidad nuestros inicios editoriales. En el caso del que suscribe, ocurrió con su primera novela, pronto hará veinte años. Aparecida en una pequeña editorial con distribución precaria, y firmada por un perfecto desconocido, ello no fue impedimento para que Senabre la leyera, la reseñara y ponderara sus virtudes, exponiéndose a conjeturar que del autor cabía esperar en el futuro más y mejores logros. Nadie suele jugársela así, y menos por alguien a quien no se conoce y al que no hay ganancia alguna en aventurarle un halagüeño porvenir. Sin embargo, eso era algo que Senabre hacía todo el tiempo, con los escritores más variopintos, mostrando una apertura de miras poco común en el gremio al que al fin y al cabo pertenecía.

Y es que Senabre siempre fue venturosa y saludablemente por libre: nunca un reparo suyo era gratuito, y jamás a un elogio cabía buscarle los tres pies de una posible devolución de favor. Con los autores tenía un trato correcto, cordial incluso cuando se le conocía mejor, pero siempre desde una cauta distancia. Quienes vimos más de dos de nuestros títulos reseñados por él, incluso si el tenor general de sus críticas era positivo, hubimos de leer, siempre exquisitamente motivadas, las objeciones que tal o cual aspecto de nuestro trabajo le suscitaba. A algunos les irritaba que señalara erratas, faltas gramaticales, anglicismos o cualquier otra clase de lunar en el texto. A mí siempre me pareció que cumplía con su deber, y le agradecí los que me vio y señaló, porque con todos aprendí a escribir mejor, incluso cuando, como puntualmente ocurrió, discrepaba de su criterio.

Era insobornable y de fiar. Le echaremos de menos.

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