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Una Constitución para la convivencia

La Constitución fue el gran pacto sobre el que se cimentó la transición democrática. Es hora de reformular aquellos acuerdos

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El balance de la Constitución de 1978 no puede ser más positivo. También para Catalunya, donde -no se olvide- el apoyo a la Carta Magna obtuvo la mayor participación y el mayor número de votos de todas las comunidades de España. Catalunya actuó de motor prevalente de la transición democrática bajo un lema que se convirtió en el santo y seña de todas las movilizaciones: «Llibertat, amnistia, Estatut d’autonomia». La Constitución fue la cimentación jurídica sobre la que se ha basado el más dilatado período de convivencia democrática y de prosperidad económica vivido en España. Evidentemente las cosas han cambiado, el país ha evolucionado y por fin se han disipado los nubarrones de involución que incluso derivaron en una intentona golpista. Todo esto ya es historia. España puede encarar actualmente sin complejos ni cortapisas una nueva Constitución que recoja la realidad plurinacional sin eufemismos y que dé respuesta a las reivindicaciones que, sobre todo Catalunya, tiene pendientes. A nadie debe causar temor la apertura de un debate democrático que busque un nuevo pacto constitucional. Los padres de la Constitución del 78 fueron capaces de alcanzar el consenso en un  momento histórico muy complejo, con muchas heridas abiertas y grandes recelos a flor de piel. No hay motivos para pensar que ahora no es posible el acuerdo, pero evidentemente cada día que pase incrementará la dificultad. Ya se ha perdido mucho tiempo.

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