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Una Europa sin alma

Todo sería más fácil si la Eurozona mostrara su dimensión federal a la vista de todos
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El principal problema del Eurogrupo, y a menor escala también de la Unión Europea, consiste en la falta de entidad del sujeto común. Los 19 países de la moneda única forman sin duda un ente político que tiende inexorablemente a fortalecerse y que arroja ya relevantes rasgos federales. Sin embargo, las transferencias de soberanía cada vez mayores que los Estados miembros deben efectuar a favor de la entidad común no se perciben como tales, no pasan a engrosar el patrimonio político del conjunto, sino que se desvanecen en la abstracción.

El caso de Grecia es bien ilustrativo: la reflexión racional de ‘lo que conviene a los griegos’ lleva objetivamente a defender su permanencia en la UE. La vuelta al dracma representaría la pérdida de una oportunidad histórica irrepetible, y el hundimiento del país en un contexto geopolítico durísimo, con el consiguiente e irreversible empobrecimiento. Esta evidencia debería bastar para que los griegos aceptasen con estoicismo los sacrificios que requiere su rescate (por tercera vez) y se aplicaran a marcar el paso que ya transitan todos sus socios que comparten la misma política monetaria. Y sin embargo, la plástica del rescate es bien distinta, y acabamos de ver a una Grecia aparentememente humillada por las exigencias alemanas. Ésta es la apariencia, aunque la realidad sea otra: los dieciocho socios de Grecia no pueden permitir más marrullerías del miembro díscolo de la Eurozona, sufragadas con los recursos de todos. Y se les ha terminado la paciencia al ver cómo el joven primer ministro Tsipras y su estrella mediática Varoufakis replicaban con arrogancia a las conminaciones de un club que tiene que sacarles del pozo de la miseria y el subdesarrollo.

Todo sería más fácil si la Eurozona mostrara su dimensión federal y exhibiera su discurso democrático a la vista de todos. Los griegos, que ven enajenada su soberanía (como por otra parte la hemos enajenado todos los demás miembros de la zona del euro), eliminarían su frustración si vieran que las instituciones federales la ejercen también en su nombre.

La realidad que este proceso ya está en marcha. Hace apenas unas semanas, el Consejo Europeo ha aprobado un documento llamado ‘de los cinco presidentes’ -de la Comisión, del Consejo, del Eurogrupo, del BCE y del Parlamento Europeo- que propone una verdadera integración, es decir, “pasar de un sistema de normas y directrices para la elaboración de las políticas económicas nacionales a un sistema que implique compartir más soberanía en el seno de instituciones comunes”. Dichas instituciones serán, entre otras, un sistema cmún de garantía de depósitos, un tesoro común, capacidades presupuestarias, consejos de competitividad, consejos fiscales, un único supervisor del mercado de capitales, etc.

En definitiva, Europa, que ya tiene una materialidad consistente, carece todavía de alma, que es, según las grandes religiones, el elemento abstracto que da sentido a la corporeidad del conjunto. Los miembros de la Eurozona y por supuesto los ciudadanos no son conscientes de que forman parte de la una gran potencia, al contrario que los ciudadanos de Texas o de California que sí saben que son un elemento constitutivo de la primera potencia mundial. Como mucho, los europeos tenemos cierta conciencia de que la pertenencia a la Eurozona potencia nuestro nivel de vida pero no alcanzamos a ver que esa construcción continental es un actor de peso en la socioeconomía y la política globalizadas. Ésta es la gran carencia, que dificulta el logro de la armonía interna.

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