Una cena en Ciudad Sáder

Los seguidores de Alí y de Husáyn (los chiís) han tenido históricamente la particularidad de ganarse enemigos por todas partes

Martín Garrido Melero

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Martín Garrido Melero (Notario)

Martín Garrido Melero (Notario)

Estos días los medios están informando sobre hechos relacionados con Irak.

Uno ha sido la muerte de Colin Powell. En la primera Guerra del Golfo (1991), provocada por la invasión de Kuwait por Sadam Hussein, era un militar que llegó a convertirse en un héroe a la manera que nos tienen acostumbrados los americanos en sus películas bélicas. Colin representaba sin ninguna duda lo que algunos escritores denominan críticamente el ‘cowboy’ americano.

En la segunda Guerra del Golfo (2003), la que acabó con la invasión de Irak y la caída (y muerte) de Sadam Hussein y sus hijos, era Secretario de Estado. Todos los medios de información han dado cuenta de su muerte, pero han dejado claro que pasará a la historia, no por sus innegables méritos militares, sino por haber mentido a los ciudadanos del mundo afirmando que el régimen de Irak tenía armas de destrucción masiva y justificando de esta forma una invasión del territorio en toda regla. ¿Mintió o fue engañado por los servicios secretos y por los sectores del gobierno que querían la guerra a toda costa? Poco importa realmente. La Segunda Guerra del Golfo se fundamentó en una falsedad, que fue secundada alegremente por Aznar y por Blair. Los dos se aliaron con el Imperio y se separaron del sentir de los otros Estados europeos.

Lo que vino después ya lo saben. Los americanos invadieron el país, derrotaron con facilidad al régimen, y se encontraron metidos en una ratonera, de la misma forma que les ha ocurrido en Afganistán, aunque de Irak lograron salir antes y con cierto honor. Fueron quizás no culpables, pero sin ninguna duda responsables de la desestabilización del país y de la guerra civil subsiguiente que enfrentó a los sunitas con los chiís.

El segundo hecho del que nos han informado los medios ha sido el resultado de las elecciones al Parlamento de Irak que han tenido lugar este mes de octubre con dos datos muy significativos: por un lado, una impresionante abstención, que supera más de la mitad del censo electoral, y que denota la poca confianza que tienen los ciudadanos en su sistema político, en cierta forma impuesto por USA; y por otro, la victoria parcial (únicamente 73 de los 329 escaños) del clérigo chií Al Sder (Sáder).

Durante la ocupación americana de Irak se convirtió en el enemigo número uno de los americanos (en realidad, para ser francos, tenían muchos enemigos en todos los frentes). Desde la Ciudad Santa de Nayaf, su residencia (donde se encuentra la tumba del Imán Alí, yerno de El Mensajero, para nosotros Mahoma) se declaró la guerra contra los invasores. No pudo ser detenido. Ahora su discurso, ciertamente más moderado, no olvida que los americanos fueron responsables de la muerte de miles de chiís estos años.

El tercer hecho relevante, que, a diferencia de los otros dos, no ha merecido ni una letra de los medios occidentales de información, ha sido la celebración (es anual) de los cuarenta días de la muerte del Imán Husáyn, hijo de Alí, enterrado en la Ciudad Santa de Kerbala. Se trata de El Arbain, la mayor peregrinación religiosa (anual), que ha reunido este año pandémico la impresionante cifra de 16 millones de personas en la última semana (según los organizadores). Una peregrinación que lleva a musulmanes de todo el mundo, especialmente de credo chiíta, pero también a personas de otras religiones, a la visita del sepulcro del llorado Husáyn. La peregrinación simboliza un canto a la Humanidad y al mismo tiempo la búsqueda del verdadero Camino que hay que seguir para obtener la salvación.

Los seguidores de Alí y de Husáyn (los chiís) han tenido históricamente la particularidad de ganarse enemigos por todas partes. Primero fueron los omeyas y luego muchos de los abasidas, algunos de los cuales se dedicaban a almacenar cabezas de los sucesores de Ali como si fueran piezas de caza en alguna habitación oculta.

El denominado Estado islámico (que son sunitas) los consideran como heterodoxos a los que hay que exterminar. Este año no se ha producido ningún atentado en Kerbala, pero en otras ocasiones era muy difícil que alguien no decidiera llevarse a unos cuantos peregrinos por medio. Hace escasamente unos días han muerto decenas de personas en varios atentados a mezquitas chiís en Afganistán, parece que provocadas no por los talibanes, que son también sunitas, sino por miembros del Estado islámico.

Después de la Primera Guerra del Golfo muchos chiís (mayoritarios en Irak) se levantaron contra el régimen de Sadam Hussein, creyendo que contarían con el apoyo de los americanos y sobre todo la opinión pública occidental, lo que no se produjo, hecho que no olvidan.

Hay un barrio en Bagdad que se llama oficiosamente Ciudad Sáder. El nombre no proviene del clérigo que ha ganado (parcialmente) las elecciones sino de su padre, gran ayatolá chií, que fue asesinado por las fuerzas de Sadam. Para los americanos se convirtió en un lugar maldito que reivindicó el rechazo más absoluto a USA. El clérigo Al Sder fundó incluso una milicia militar llamada el Mahdi (el nombre del Imán desaparecido que junto con Jesucristo aparecerá al final de los tiempos)

Hace unos días el director de una fundación iraquí dedicada al cuidado de niños huérfanos, muchos como consecuencia de las guerras, me invitó a cenar en uno de los restaurantes del barrio y a conocer su ambiente. Luego me acompañó a dar una vuelta para ver las casas con las huellas de las balas de los americanos y las fotografías callejeras de los mártires (los que murieron en el enfrentamiento contra los americanos, en la guerra civil subsiguiente y en la lucha contra el Estado islámico). «Aquí, mejor que no mencione a los americanos», me aconsejó.

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