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Una escala en el Líbano

Al Líbano se le conocía con el sobrenombre de ´Suiza del Oriente Próximo´
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Esta vez, la culpa fue de los controladores aéreos franceses. Había que hacer trasbordo en el Líbano, para alcanzar mi destino que era Kuwait. Pero mi avión perdió el enlace. Veintinueve pasajeros obligados a hacer estancia inesperada en Beirut. Además, sobrevolar un país en guerra supone añadir más riesgos.

Al Líbano se le conocía con el sobrenombre de «Suiza del Oriente Próximo», sin embargo, su importancia económica se desintegró en 1975 con la guerra civil en la que intervinieron cristianos, maronitas, musulmanes, la OLP, y por supuesto, israelíes.

Escoltados por gendarmería armada, fuimos repartidos por varios hoteles de la ciudad. Intenté llamar a casa pero no había comunicación. Paciencia, dormiría en Beirut y lo consideraría una distraída aventura.

A la mañana siguiente:

- Stop. Sir! Where are you going? Gritó el militar armado. Ayer mismo mataron a un transeúnte allí enfrente.

-¡Lo siento señor! Tampoco tenemos diarios, ni correo... el fax no funciona.

-Si quiere le facilitaremos un servicio para bañarse en la piscina.

Menos era nada. En la piscina me encontré con una vasca y su niña que vivían en la casa de al lado. Habitualmente pasaban allí la mañana. Por la tarde llegó su marido, un inglés correctísimo, de amena conversación y ¡cómo no!, tomamos el té de las 5.

Hablamos de todo. ¿Empezaba realmente Europa en los Pirineos como dice el refrán? Precisamente yo portaba unos resguardos para acudir a una importante licitación en Kuwait compitiendo con franceses, alemanes e ingleses.

Llevábamos un buen rato hablando cuando llamaron a la puerta. Volvió pálido, con la cara denudada, un papel en la mano:

El Gobierno de su Majestad… a todos los súbditos británicos y sus familias, etc., severamente les aconsejaba abandonar el Líbano de inmediato. El Gobierno de su Majestad les prestará su apoyo y seguridad durante las próximas 24 horas, así como transporte aéreo. Como equipaje podrán portar dos maletas.

Lógicamente, la reunión se interrumpió bruscamente. La botella de coñac especial que esperaba una ocasión propicia (no como esta) en pocos minutos dio un bajonazo. Aparecieron maletas, bultos, vestidos... Aquello era un zafarrancho de abandono. En la casa había objetos, esculturas, bronces, etc. A mi entender valiosísimos (propios de un coleccionista) pero que allí se quedarían porque el amor del padre a la niña era superior a cualquier alhaja que se hubiera de abandonar en detrimento de una inmensa muñeca de trapo que ya ocupaba toda una maleta. Ese gesto me conmovió.

Vino un gendarme para llevarme de vuelta al hotel y allí mismo se acabó mi aventura de dos noches en un encendido Líbano.

A primera hora de la mañana nos recogieron para embarcarnos a nuestro verdadero destino: Kuwait. Lo que sucedió allí espero, con la benevolencia de los lectores, contarlo otro día.

Solo adelanto que, afortunadamente, y a pesar de los registros no había perdido nada, ni siquiera la cajita de plata repujada, repleta de azafrán para nuestro fiador o patrocinador en la licitación.

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