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Una hipótesis verificable

Nuestro siglo ha llegado a límites insospechados de formas, métodos y procedimientos corruptos
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En estos tiempos de aguas revueltas en la superficie del estanque, más allá de los denominados golpe de efecto políticos que se van sucediendo, deberíamos tratar de encontrar alguna vinculación de presente y de futuro, en las aguas profundas y con menos movimiento. Si contemplamos la superficie, probablemente, nos quedaremos en el espectáculo de la lucha diaria, que los políticos profesionales y sus respectivos partidos tienen ya muy aprendido; y con el que, no solo distraen al espectador-ciudadano sino que, a veces, incluso llegan a confundirlo en el argumento principal de la obra.

Pero si miramos con algo más de profundidad, podremos observar que hay unas amplias corrientes que llevan aguas distintas, pero con objetivos e intereses próximos y comunes. Por ejemplo, por debajo de las aguas superficiales del 9-N y de todo su gran espectáculo, nos hemos enterado que los tres grandes protagonistas, PP, PSOE y CIU, han estado negociando hasta el penúltimo día. Y podríamos pensar que siguen negociando en la actualidad, fuera de las cámaras y con intermediarios adecuados y de confianza.

Supongamos que tanto al PP como al PSOE les pudiera interesar que CIU y su líder Artur Mas recuperara el protagonismo del denominado «proceso» hacia la independencia de Catalunya. Y supongamos que a CIU y a su líder les conviniera asumir la primera línea de responsabilidad política, en la carrera que tienen planteada con ERC, desde hace bastante tiempo.

Supongamos que tanto al PP como al PSOE les puede convenir dejar las puertas abiertas para que, después de las elecciones generales de finales de 2015, pudiera intentarse un pacto de gobierno con CIU, con cuya coalición ambos partidos estatales han convivido en diversas ocasiones y con resultados positivos, en general, para la sociedad catalana y española. Y supongamos que CIU quiera, también, tener las puertas abiertas a la colaboración con el gobierno de España, a partir de principios del 2016, según sean los resultados de las próximas elecciones generales; y la situación del recorrido político del indicado «proceso» que se está desarrollando en Catalunya.

Pensemos que en España hay una nueva fuerza política, Podemos, a la que las encuestas diversas coinciden en darle unos resultados buenos o muy buenos en las elecciones generales de finales de 2015. Y que, en Catalunya, hay una fuerza independentista, ERC, que tiene una buena o muy buena previsión de resultados en las urnas, que le permitiría tener una considerable fuerza municipal, desde mayo de 2015, en casi todas las medianas y grandes ciudades.

Pensemos en que puede haber unas fuerzas de centro, UPyD y Ciutadans, que en España y en Catalunya, pueden obtener unos buenos resultados; y que también les permitiría aspirar a ocupar unos espacios de poder local y autonómico, bastante superior al que tienen actualmente.

Por último, pensemos en que la inteligencia de los estrategas de los partidos indicados, PP, PSOE y CIU, no ha quedado mermada ni reducida por alguna causa extraordinaria. Entonces, si así fuera, lo normal sería que, tanto en la actualidad como en el próximo futuro inmediato, las tres fuerzas políticas indicadas estuvieran interesadas en seguir con sus conversaciones y negociaciones, a través de personas de confianza; y más allá del guión escrito para consumo de los espectadores-ciudadanos, que será el que veremos representar con la profesionalidad acostumbrada y por actores conocidos.

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