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Opinion Editorial

Una jornada de gestos y de protestas

Catalunya ha superado con solvencia una prueba de tensión que podía provocar un estropicio en la convivencia

 

Diari de Tarragona

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Foto de familia del Gobierno en Barcelona. EFE

Foto de familia del Gobierno en Barcelona. EFE

Pese a los riesgos que comportaba la jornada de ayer, se ha podido superar sin grandes estropicios. El Gobierno central ha podido acallar las críticas de quienes consideraban inadecuada la decisión de celebrar un Consejo de Ministros en Barcelona, y el Govern de la Generalitat ha sabido garantizar el orden sin esconder las protestas contra el Ejecutivo central. A tenor de lo que podía pasar ante una convocatoria que pretendía paralizar el país, el balance final permite respirar tranquilos. Pedro Sánchez acudió a Barcelona con un par de conejos en la chistera que tenían la intención de prolongar su política de gestos hacia las reivindicaciones independentistas. En esta línea destaca el acuerdo ministerial por el que se rechaza el juicio y la condena a muerte del president de la Generalitat Lluís Companys, así como el cambio de nombre del aeropuerto de El Prat que añadirá la denominación de Josep Tarradellas. Los amantes del simbolismo se han apresurado a destacar que Madrid y Barcelona estarán unidas ahora por los aeropuertos Adolfo Suárez y Josep Tarradellas, los dos grandes protagonistas de la transición democrática. Las fuertes medidas de seguridad han permitido que el Consejo de Ministros pudiera celebrarse sin más contratiempos. Los independentistas, no obstante, pudieron desplegar sus protestas en numerosos puntos de Catalunya. En el caso de la demarcación de Tarragona, el principal foco de conflicto fue en la autopista a la altura de L’Ampolla, enclave neurálgico d todo tipo de reivindicaciones. El resumen de la jornada incide en dos realidades conocidas. Por una parte, el movimiento independentista tiene una notable fuerza que no puede soslayarse con medidas coercitivas como reclaman el PP de Casado y Ciudadanos. Y por otra, hay una mayoría del país que no está por algaradas ni por actitudes violentas, en cualquiera de sus grados. Sólo el diálogo permanente, más allá de los gestos siempre positivos, puede reconducir la convivencia a los cauces democráticos que permiten positivar las discrepancias.

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