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Una maestra en canoa

ÁLEX SALDAÑA

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ÁLEX SALDAÑA

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Dicen que si la montaña no va a Mahoma, es Mahoma quien va a la montaña. Este debe ser uno de los axiomas por los que se rige Graciela Bouche, una humilde maestra de primaria panameña enamorada de su trabajo. Tanto, que cada semana carga su pizarra y un portátil en una frágil canoa a remo a bordo de la cual se abre paso por el río Chagres y en la que recorre varios kilómetros en un trayecto de unos 15 minutos para dar clase a niños indígenas que por el coronavirus no pueden asistir a la escuela y que viven en una zona con escasa conectividad, pues allí no llega la energía eléctrica. «No recibían el contenido académico igual que el resto de los estudiantes. Eso me motiva a venir y a acercarme a darles clase», explica Graciela. Antes de la irrupción de la Covid, estos niños acudían a la escuela en la ciudad. Para llegar hasta allí sus padres los llevaban en bote hasta el puerto, desde donde viajaban 40 minutos en autobús. La maestra reúne a una treintena de alumnos en una especie de anfiteatro hecho de vigas y techado con hojas secas, separa las mesas por grados y a cada uno le asigna una labor. Pasado el mediodía, Graciela sube de nuevo a la canoa y vuelve a su casa. Allí la navegación vuelve a ser virtual. La esperan sus alumnos urbanitas para las clases por internet en el turno de tarde, sin saber muy bien lo afortunados que son por poder conectarse con tanta facilidad y, sobre todo, por tener una maestra tan implicada como Graciela. Por cierto, también entre nosotros conviven muchas Gracielas. Vaya para ellas –y ellos– este pequeño homenaje.

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