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Una nueva política

Aquí, la mayoría de los asuntos graves llegan al Parlamento cuando ya no tienen interés

Antonio Papell

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Los partidos políticos, proscritos durante la dictadura, expresan en nuestra Constitución de 1978 el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumentos fundamentales para la participación política. La democracia parlamentaria no podría concebirse sin ellos.

Y precisamente por ello, por su relevancia y trascendencia, empieza a ser evidente que el fracaso de nuestro modelo político –tras ocho meses de interinidad puede aplicarse sin pudor la palabra fracaso– se debe realmente al naufragio de estas organizaciones en nuestro país. Los recientes sucesos británicos pueden servir para que comprobemos lo lejos que estamos en esta materia de la línea medular de la democracia europea. El líder conservador, David Cameron, que dirigió el Brexit, intentó represaliar primero a aquellos de sus ministros que estaban dispuestos a hacer campaña a favor de la ruptura, pero tuvo que desistir porque el partido se impuso. Más tarde, después del referéndum, intentó aplazar su propia dimisión, pero de nuevo el partido forzó su marcha y lo sustituyó en pocos días, nombrando en su lugar a una mujer seleccionada en días. Por aquellas fechas, el líder laborista, Jeremy Corbyn pretendió también destituir del gobierno en la sombra a su ministra de Exteriores por defender los ataques aéreos contra el Estado Islámico, pero fue desautorizado por su partido.

Los partidos son allí (y por analogía en todas las democracias que realmente funcionan) organizaciones constantemente activas, estrechamente vinculadas a los electores a través de los distritos unipersonales, en las que se vive en permanente debate y se toman todas las decisiones de importancia colegiadamente.

Del Reino Unido nos llegan asimismo las imágenes de la Cámara de los Comunes en que el poder y la oposición debaten animadamente los temas del día, sin guión previo, sin papeles en la mano, con la espontaneidad que reclaman los ciudadanos, atentos a la discusión en directo de sus problemas cotidianos. Aquí, la mayoría de los asuntosgraves llegan al debate parlamentario cuando han dejado de tener interés.

Nos falta, en fin, una política distinta, y hemos de ponernos manos a la obra si no queremos que el edificio de la democracia se continúe agrietando como hasta ahora, con franco riesgo de derribo.

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