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Una rosa en Damman

En las entrañas de Damman está la mayor bolsa conocida de petróleo del mundo
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De pequeño, el Oriente Medio me evocaba numerosos lugares de los que con solo oír su nombre me transportaban a sueños de fantasía y leyenda. Cada lugar tenía su embrujo. Me hice mayor, y con motivo de mi trabajo, colmé sin buscarla aquella ilusión de infante.

El nombre de Damman no figuraba en ninguna de las arrobadoras leyendas y ficciones, pero allí estaba. Damman, en el extremo noroeste de la península arábiga, bañándose en el Golfo Pérsico, no tenía nada. Sin embargo hoy se distingue por su impresionante actividad industrial y despliegue de medios relacionados con el petróleo.

Para un casual viajero aquel lugar, es un laberinto de hierros, tubos, calderas, válvulas, plataformas, extractores y cañerías que se extiende por una llanura cuyo final no se alcanza. Y debajo de todo ello el crudo. En sus entrañas está la mayor bolsa conocida y de sus refinerías sale una incontable cifra de barriles de oro líquido.

No obstante ser el petróleo la primera imagen que se percibe al llegar a este país la religión es el elemento dominante. A los no musulmanes no les está permitido practicar su fe; el alcohol y el cerdo están prohibidos Durante la temporada del Ramadán no se puede comer en público, y así otros cuantos preceptos contenidos en la sharia o código de conducta. Para asegurarse que la población cumpla estas y otras normas existe la Mutawa, o policía religiosa que condena a cárcel o expulsión inmediata a los no nacionalizados que incumplan aquellos preceptos.

La actuación de esta gendarmería es cuando menos curiosa. A las horas correspondientes, el iman dirige la oración colectiva desde el minarete y puntualmente se interrumpe toda actividad. La Mutawa se emplea incluso físicamente, con porras y varas, para su cumplimiento.

Poniendo gasolina en nuestro coche, el suministro se interrumpió bruscamente y la manguera solo volvió a activarse después del periodo avisado por altavoces y sirenas. Cumplimos la norma religiosamente. Si en algo más se distingue esta población es por el fausto. La lujosa entrada al hotel se realzaba con una hermosa ánfora de porcelana China tabicada en oro y laca, henchida de orquídeas y otras flores frescas. La elección del hotel era trabajo de mi secretaria. La rutina de registro en recepción siempre la misma.Cené pensando en las visitas que tendría que hacer el día siguiente, y ordené mi ropa.

Os contaré una intimidad: todas las noches hago mis rezos y por mucha Mutawa que hubiese, no iba a interrumpir esa costumbre. Coloqué la imagen de la Virgen, -una estampa normal-, sobre la mesilla, y a dormir. Supongo que dormí bien. No me acuerdo. A la mañana siguiente bajé a desayunar a la cafetería. Nada de desayuno árabe excepto por la degustación de unos deliciosos dátiles que se cultivan al sur de Arabia junto a la frontera yemenita.Volví a la habitación a recoger los papeles y la pesada cartera de piel labrada, y después de comprobar que llevaba lo necesario, bajé puntual al aparcamiento donde ya me estaban esperando. Salimos de la población contemplando como crecía aquella ciudad.

De repente me paralizó un pensamiento: ¿Había recogido la estampa de la Virgen que dejé la noche anterior sobre la mesilla de noche?

No la recogí, luego allí estará si es que alguien no la ha cogido. ¿La habrán roto? ¿Se habrá enterado la MUTAWA? ¿Me denunciarán y me echarán fuera del país? La práctica del cristianismo o exhibición de signos cristianos está prohibida. Indudablemente estaba bajo un shock de pánico. Deseaba que acabara la mañana, distraído, cosa que no pasó desapercibida a mis compañeros. Me desembaracé de ellos cuando pude. Un taxi me llevó rápidamente al hotel. Solo me interesaba el desenlace del asunto. Salté de dos en dos las cuatro escaleras de entrada y casi me doy de bruces con el gran florero. Corrí hacia la habitación, y como siempre pasa, la tarjeta de apertura entró con dificultad. Al fin entré. Mi vista se dirigió inquisitoriamente hacia la imagen que debería estar en la mesilla.

Allí estaba, la Virgen, apoyada en la pared y, para mi sorpresa, alguien había colocado delicadamente una rosa roja y fresca a sus pies.

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