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Una televisión de todos

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Se ha escrito mucho sobre el papel que juegan los medios de comunicación de titularidad pública en las sociedades de la información y no siempre en el mismo sentido. Hay quienes incluso cuestionan su propia existencia, teniendo en cuenta la oferta masiva de un sector privado que sufre frecuentemente una competencia desleal por parte de quienes no necesitan ser rentables para sobrevivir. Aunque son numerosas y variadas las controversias que genera la cuestión, existe un punto en el que todos nos solemos poner de acuerdo: un medio público debe interiorizar y reflejar la pluralidad ideológica de la población que lo disfruta y financia, evitando convertirse en un aparato de propaganda al servicio del gobernante de turno. Lamentablemente, esta unanimidad apenas sobrepasa habitualmente el plano teórico, pues los políticos (y sus esbirros periodísticos) sólo exigen la aplicación de estos principios cuando están en la oposición. Los cortijos raramente dejan de ser cortijos: sólo cambian de dueño.

Si nos centramos en aquello que nos afecta más directamente, no es difícil observar que las joyas de la corona mediática de los gobiernos español y catalán, TVE y TV3 respectivamente, han transitado dos itinerarios muy dispares aunque han acabado en el mismo punto de destino.

La televisión pública española, nacida en pleno franquismo, fue ideada desde un inicio como púlpito destinado a ensalzar los presuntos éxitos del régimen. A nadie se le pasaba por la cabeza convertir el ente público en un organismo dotado de cierta independencia y neutralidad, pues el sistema político se asentaba precisamente en un modelo de país al servicio del dictador. La llegada de la democracia no cambió demasiado las cosas, como pudimos comprobar durante el felipismo y el aznarismo, con la difunta María Antonia Iglesias y el inefable Alfredo Urdaci pugnando por servir con mayor pleitesía a sus respectivos señores desde los servicios informativos de la cadena estatal.

La llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero (probablemente el presidente más incompetente y mediocre de nuestra democracia, a falta de la photo-finish con Mariano Rajoy) supuso paradójicamente la primera y única emancipación ideológica de TVE. Fran Llorente asumió como reto convertir sus informativos en un ejemplo de “independencia, pluralidad y credibilidad” y es indudable que su esfuerzo produjo un resultado más que razonable. Sin embargo, el triunfo del PP en 2011 devolvió la cadena pública a la época de las cavernas con el desembarco de un contingente de periodistas cuyo historial profesional no dejaba margen para dudar sobre el nuevo perfil del ente. TVE vuelve a ser hoy la mascota de la Moncloa.

La trayectoria de TV3 ha sido muy diferente. La corporación de medios creada por la Generalitat tras la restauración democrática nació con el claro objetivo de convertirse en un referente del sector y no hay duda de que lo consiguió. En mi caso particular, conocí la cadena en los años noventa y reconozco que me causó una fuerte impresión. Se trataba de un medio abierto, plural, innovador y puntero, rara avis en aquella maraña de canales autonómicos caracterizados por su mediocridad técnica y su sometimiento al poder local. TV3 era, con razón, un motivo de orgullo para los catalanes.

Sin embargo, hace aproximadamente una década, la corporación de Sant Joan Despí comenzó a coquetear de forma progresiva con los vicios que han hundido el prestigio del resto de medios públicos de nuestro entorno: en las tertulias apenas se encontraban representados determinados perfiles ideológicos, comenzaban a abundar los documentales con un sospechoso tufo propagandístico, los informativos eran crecientemente indoloros para la plaza de Sant Jaume, etc. Esta tendencia enfermiza, nacida en tiempos del Tripartit, ha llegado al paroxismo desde septiembre de 2012: TV3 ha dejado de ser la televisión de la Generalitat para convertirse en la televisión del Govern.

El propio Sindicat de Periodistes de Catalunya ha denunciado esta semana la espiral de servilismo en que está cayendo progresivamente nuestra cadena pública, especialmente tras analizar el empalagoso tratamiento informativo dispensado a la firma de la convocatoria del 27S. La asociación profesional ha señalado acertadamente que “el primer deber de los servicios informativos es con los espectadores, no con el gobierno ni con ninguna candidatura por amplia que sea. Puede ser difícil, pero los periodistas, si queremos serlo de verdad, tenemos que marcar distancias con el poder”. El sindicato también ha criticado la entrevista al líder de ERC incluida en el publirreportaje independentista del pasado lunes, señalando que es un error «presentar a Oriol Junqueras como jefe de la oposición en un momento en el que ya forma parte de una candidatura conjunta con el actual presidente de la Generalitat. Ya no es una cuestión de criterio profesional, es sólo de sentido común. Provoca que TV3 haga el ridículo y es un motivo de desprestigio de sus profesionales».

Muy mal tienen que estar las cosas para que el propio Consell Professional de TVC se rebele ante el intento de convertir la cadena en un engranaje propagandístico para beneficiar a una opción política apenas compartida por la mitad de los ciudadanos que financiamos el canal público. Resulta especialmente preocupante el silencio cómplice de aquellos periodistas cuya posición ideológica parece provocarles una inquietante amnesia deontológica. Parecen seguir a pies juntillas aquella máxima castrense de infausto recuerdo para muchos: todo por la patria. Algo falla en nuestra cultura democrática cuando sólo los discordantes reclaman pluralidad en los medios públicos mientras el resto mira hacia otro lado. Sospecho que la inminente campaña electoral pondrá sobre la mesa la verdadera envergadura del problema. A temblar.

 

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