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Valores cristianos y educación

El estudio de la religión enriquece la educación en valores que queremos para nuestros hijos
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Las sociedades tardomodernas parecieran haber dado la espalda al hecho religioso. Las referencias religiosas, que no la religión, han ido desapareciendo poco a poco de la explicación de los acontecimientos históricos, artísticos, culturales y festivos. Cada vez es más difícil encontrar dichas referencias como parte de la explicación del ámbito público, siendo sustituidas por otras de tipo más mundano o incluso espiritual, muchas de ellas importadas de culturas que nos son ajenas. El arrinconamiento pasivo o activo de los hechos religiosos, de sus símbolos, de sus significados, de la importancia que han tenido en el devenir de la historia, de la forja de una determinada cultura, hacen que los valores constitutivos de una sociedad parezcan salidos de la nada, espontáneamente, sin raíces ni anclajes en una determinada tradición cristiana. De ahí que tengamos algunos jóvenes que sean completamente ajenos, por desconocimiento, del hecho religioso. La religión para ellos es tan solo un epifenómeno, sin ninguna trascendencia para sus vidas, o al menos así lo perciben. Son ignorantes en todo aquello que tenga que ver con una explicación religiosa de los hechos y acontecimientos sociales e históricos. Desconocen el significado del calendario, son incapaces de interpretar la mayoría de obras de nuestro arte, tampoco pueden dar explicación alguna a situaciones de la vida de las personas como el bautismo, el matrimonio o la muerte.

El estudio de la religión tiene importancia más allá del conocimiento de los hechos revelados. Sitúa a las personas, y en particular a los jóvenes, ante obligaciones morales y cívicas que los interrogan. Esto ya es algo que por sí solo debería ser suficiente como para incluir la religión como fenómeno de estudio en todos los niveles educativos obligatorios. Pero es que, además, el conocimiento más profundo y mejor de la religión genera ciudadanos más cultos, capaces de interpretar nuestra historia en la dialéctica permanente entre modernidad y tradición, entre lo profano y lo sagrado, entre secularización y religiosidad. El estudio de la religión cristiana, en particular, incardinada en nuestra tradición europea, permitiría enseñar a los jóvenes que los valores de igualdad y fraternidad no nacieron con la Revolución Francesa, sino que son constitutivos precisamente de esa tradición y, por consiguiente, muy anteriores. Permitiría que conocieran también que una buena parte de los avances del pensamiento filosófico desde el Medievo hasta nuestros días corresponden a pensadores cristianos como Guillermo de Ockham, Ramon Llull, Blaise Pascal, Nicolas de Malebranche, Soren Kierkegaard o, más recientemente, en el siglo XX, Henri de Lubac, Karl Rahner o Henri Duméry. Permitiría que los jóvenes supieran que la contraposición entre avances científicos y religión cristiana ha sido elaborada por una lectura interesada y manipulada en la que el cristianismo ha sido señalado como oscurantismo.

Jean-Claude Guillebaud, un filósofo francés actual, asegura en su obra Comment je suis redevenu chrétien, que el mensaje de los Evangelios tiene un valor fundacional para las personas de nuestro tiempo, comprendidos aquellos que no creen en Dios. Este mensaje enriquece la educación en valores que queremos para nuestros hijos, y representa un importante legado que les dejamos.

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