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Veraneando

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La vida, en general, es un asunto complicado de por sí, en buena medida porque estamos obligados a pactar continuamente con los espejismos imprevistos de la realidad y con las espirales imprevisibles de nuestra conciencia, que suelen ir cada cual por su lado. De todas formas, existen agravantes para ese asunto de por sí complicado que es la vida. El verano, por ejemplo.

Con la llegada del verano, comienzan a ser decisivos en nuestra rutina algunos conceptos anómalos como el de ventilador, el de sangría, el de tinto de verano, el de diversión sin tregua, el de abanico, el de caballa a la plancha, y así sucesivamente. Conceptos coyunturales, sin duda, pero de repente básicos, porque no sólo nos estamos cociendo vivos, igual que bogavantes, sino porque además estamos obligados a ponernos hedonistas: no puede haber persona más desgraciada que aquella que sufre durante la temporada veraniega, porque es la estación del placer obligatorio.

Por si fuera poco, el verano trae consigo una fiesta de disfraces multitudinaria: nos echamos a la calle con sandalias de colores, arrastrando los pies a causa del peso invisible del bochorno, y recurrimos a las camisetas de propaganda, de modo que vamos por ahí como anuncios ambulantes de cerveza, de refrescos gaseosos, de entidades bancarias o de empresas de telefonía, con una sombrilla de propaganda al hombro, con una gorra de propaganda, con un bolso de propaganda en el que llevamos el tabaco y el mechero de propaganda, un llavero de propaganda y el folleto propagandístico de un restaurante especializado en paellas.

El verano tiene además la virtud de volvernos más ruidosos que de costumbre, y ya es decir, porque el género humano es aficionado a poner banda sonora incluso al sueño, con esos ronquidos wagnerianos que intensifican el misterio terrorífico de las madrugadas. El calor –ignoro por qué razón fisiológica– nos hace alzar la voz en los lugares públicos para proclamar a voz en grito cualquier frase histórica: «Manolo, no te olvides de comprar dos botellas de Casera».

Las motos suenan más a matraca en estas fechas, y por ahí van, metiendo una ración de vatios feroces en el centro del cerebro de la gente que disfruta de sus ocios ligeramente infernales, porque el disfrute del ocio veraniego es un camino de espinas, un ejercicio extenuante de introspección: tienes que identificarte con ese alter ego tuyo que va con chancletas, que viste una camiseta de propaganda, que lleva las pantorrillas al aire, que se despierta en un apartamento alquilado desde el que se ve un trozo de mar del tamaño de una servilleta y que considera un oasis los chiringuitos.

El verano es, en definitiva, una época complicada, un trastorno psicológico que sólo se cura con la llegada del frío, cuando la gente vuelve a sus melancolías naturales y a su vestimenta habitual. Pero echémosle valor, porque aún nos queda.

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