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Vergüenza

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Conocí a Salam Kawakibi el año pasado en Tarragona. Este investigador sirio participaba en la conferencia de la red de laboratorios de ideas Euro-Mediterranean Study Comission, organizada por el Institut Europeu de la Mediterrània. Quise entrevistarle para que me hablara de Siria, y en la conversación, directa a la boca del estómago, dejó traslucir con rudeza la indignación que le provocaba la indiferencia hacia los sirios. «Europa ha abandonado al pueblo sirio», me dijo en voz baja, doliente, antes de preguntarme cuántas manifestaciones en las calles había visto yo, a lo largo de los tres años de combates en Siria, para reclamar paz en su país. Me preguntó también si no nos daba vergüenza. Ahora ya son casi cinco los años que suman inmersos en esa guerra civil tan cruenta, y esto no solo desde que irrumpió el Estado Islámico. Las fuerzas del régimen también cercenan cabezas, torturan y violan, cometen asesinatos masivos y destruyen ciudades. El presidente Al Assad masacra a su gente. Lo vemos a diario.

A diferencia de lo que ocurre con los palestinos, por ejemplo, nadie hace suya la causa del pueblo sirio. De tarde en tarde alguien se posiciona hipócritamente. Hay quien alza un poco la voz, pero solo por los kurdos si es que se identifica con las reivindicaciones independentistas de esa nación sin estado. O por la minoría cristiana, porque, hombre, son como nosotros. A los demás, que les zurzan.

El conflicto es muy enrevesado; el escenario, complicadísimo; los intereses de los actores, oscuros, nos excusamos. La sangría de la población civil, así, sin etiquetas añadidas, se dibuja en las mentes como un peaje inevitable. Por no hablar de los pobres refugiados. La crisis nos ha ensimismado. Yo sí, Salam, yo sí siento vergüenza.

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