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Versalles no es lo que toca

Más oportuno sería rememorar el Plan Marshall, cuya filosofía discurrió justo al revés
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Siempre que hay un acuerdo se tiende a buscar quién ha ganado o perdido, pasando por alto la posibilidad de que no haya ganado nadie o perdido los dos. Viene ocurriendo estos días, a propósito de Grecia, con valoraciones que rozan lo indecoroso y escasas aportaciones para deducir si este tercer rescate será suficiente o harán falta más. Falta un relato ponderado de cómo han discurrido los últimos meses y qué consecuencias son previsibles, tanto como sobran deseos de aprovechar políticamente un desenlace cuyo alcance está por dilucidar.

Entre lo menos edificante no queda más remedio que citar el debate vivido en el Congreso de los Diputados, con algunas intervenciones bajo inspiración del frustrado responsable económico del gobierno Tsipras, el greco-australiano Yanis Varoufakis, prolífico en declaraciones desde que fue apeado de la negociación. Una entrada en su blog, días atrás, ofrecía el sugestivo título “Un nuevo tratado de Versalles recorre Europa” y hay que reconocer que ha hecho fortuna, aunque no soporte contraste con el más elemental rigor. Lo hizo suyo, entre otros, el portavoz de Izquierda Plural, Alberto Garzón, que además se permitió regalar al presidente Rajoy un ejemplar de “Consecuencias económicas de la paz”, escrito por John Maynard Keynes en 1919, con un preclaro análisis y acertadas premoniciones sobre las imposiciones de los vencedores al término de la Primera Guerra Mundial.

Cualquier repaso a la historia y un suficiente conocimiento de la obra de Keynes hace difícil sostener que exista paralelismo entre aquel episodio, sin duda de infausta memoria para Europa, y el documento acordado en Bruselas el pasado fin de semana, que no se sabe si habrá que recordar para bien... o para mal. Sólo por citar una diferencia notable, en Versalles los vencidos, básicamente Alemania, fueron forzados a pagar abrumadoras indemnizaciones; ahora, en cambio, la “derrotada” Grecia va a recibir ingentes sumas para evitar un desplome de su economía que arruinaría al Estado y a los ahorradores griegos que todavía conservan fondos en sus bancos. Tener claro quiénes ponen el dinero y quién lo recibe parece clave para fijar lo acertado o impropio de las comparaciones. Más oportuno que recordar Versalles sería rememorar el Plan Marshall, cuya filosofía discurrió justo al revés.

No deja de ser paradójica la magnificación que algunos hacen ahora de la figura de Varoufakis, quien ya ejerció de consejero económico del socialista Papandreu entre 2004 y 2006, y cuya concepción en clave conspiratoria de la economía mundial está reveladoramente plasmada en su libro “El Minotauro global” (Capitán Swing, 2013). Otra afirmación suya que está haciendo fortuna estos días habla de una especie de “golpe de estado, con bancos, en vez de con tanques”, que ayuda a comprender el curso de las negociaciones mientras fue responsable de conducirlas. Tildar de golpistas a quienes deben atender una solicitud de crédito y ayuda no parece un prodigio de habilidad, pero puede encajar con la dinámica de la teoría de juegos, a la que ha dedicado buena parte de su producción académica, en este caso partiendo de la convicción más o menos manifestada de que Europa no podía permitir el bautizado Grexit; es decir, el abandono griego de la moneda común. El primer ministro Tsipras le permitió y avaló conducir así la negociación... hasta que algunos colegas (finlandés, holandés, báltico...) le mostraron abierta la puerta de salida, aceptando el farol y el juego se vino abajo.

Cualquier análisis ponderado concluye que el actual gobierno de Atenas no ha rebosado habilidad. Los sucesivos amagos de órdago, culminados en el poco o nada útil referéndum, han desembocado en un acuerdo muy alejado de sus pretensiones, fueran fundadas o no. Y ni siquiera es seguro que acabe implementado –cumplido-, dada la crisis política abierta en el castigado país. Puede valer –valdrá- para salir del paso, evitando el colapso inmediato, del que el corralito no es más que una leve manifestación, pero ¿propiciará el cambio drástico que la economía helena precisa para sobrevivir? No parece que la propensión a victimizar al pueblo griego, unida a la inculpación genérica a bancos, alemanes, troika, etc., ayude a que los ciudadanos asuman plena conciencia de su situación y lo que tienen pendiente para escapar de ella.

Tampoco faltan dudas, en todo caso, del otro lado negociador. La Unión, y más en concreto la eurozona, pueden haber perdido una oportunidad inigualable para corregir los múltiples defectos institucionales que padece desde su propia constitución. Haber deslizado el proyecto de construcción europeo hacia una subdivisión entre acreedores –malos- y deudores –buenos-, o viceversa, según se mire, contraviene la esencia misma y caben pocas dudas de que sobrecogería a Jean Monnet y quienes le acompañaron y secundaron en los primeros pasos del diseño de una Europa unida, sobre los rescoldos del peor episodio de destrucción mutua que la historia ha legado.

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