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Opinion Periodista

Vida de campo, vida de ciudad y tractoradas. La historia clásica de dos mundos se perpetúa

De ratones a buitres. En la antigua Grecia, Esopo contaba la diferencia entre campo pobre y ciudad rica con dos ratones. Hoy los buitres se ceban en agricultores y consumidores

JOAQUIM ROGLAN

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Joan Manuel Serrat cantaba: «Por la mañana rocío, al mediodía calor, por la tarde los mosquitos, no quiero ser labrador». Era el año 1967 y entonaba una canción de cuna aragonesa que resume una historia literaria y vaticina el fin de la agricultura que lucha para sobrevivir sin malvivir. Las actuales tractoradas de son otro capítulo de un fin anunciado desde que los pobres de campo se fueron a las ciudades para ser pobres de otra manera. Esopo lo contó en su fábula del ratón de campo y el ratón de ciudad. Uno vivía tranquilo y comía cosas sencillas. El otro paladeaba manjares exquisitos pero vivía atemorizado por muchos peligros. En el siglo XV, Juan Ruíz, el Arcipreste de Hita, poetizó el mismo cuento y aconsejó: «Más quiero roer habas seguro y en paz, que comer mil manjares corrido y sin solaz». Era la misma distancia mental, vital y económica que va desde un huerto de pueblo despoblado a un espacio para gourmets en un gran supermercado saturado.

Desde los esclavos de antes de Espartaco, la historia de la agricultura es la historia de la explotación. De la guerra de remensas de los payeses catalanes en el siglo XV, la revuelta de los comuneros castellanos en el siglo XVI, la de los segadores en el siglo XVII, o los atentados la Mano Negra andaluza en el siglo XIX, la injusticia agraria se perpetúa hasta el Réquiem por un campesino español, de Ramon J. Sender, o Los santos inocentes de Miguel Delibes. Con otros personajes, métodos, máquinas y tecnologías, el campo y su gente no salen ganando. Se dice que los payeses siempre lloran, hasta cuando las cosas les van bien, pero tienen motivos. «Un año bueno y diez malos», se conformaban estoicamente con un ojo en las nubes y otro en el cultivo. Pero eso era antes de la Unión Europea y los mercados globales.

Las diferencias entre campo y ciudad las detalló en 1539 Antonio de Guevara en su Libro de menosprecio de corte y alabanza de aldea. Son veinte capítulos y un desesperanzado adiós a su viejo mundo. Narra las ventajas y desventajas de la vida rural y la de corte (ciudad). Deja sentado que nadie aconseje a nadie sobre dónde y cómo vivir, y considera que: «La vida de la aldea es más quieta y más privilegiada que la de la corte. Los días más largos y más claros, y los bastimentos más baratos. Son los hombres más virtuosos y menos viciosos».

El cooperativismo nacido en las tierras de Tarragona no creció lo bastante para encararse a los oligopolios

En la ciudad, por el contrario: «Son muy pocos los que medran y son muy muchos los que se pierden. No se guarda amistad ni lealtad. Poquitos son los buenos». También aconseja a quien huya de la ciudad al campo: «no lo haga porque está desfavorecido, sino por pensar que fuera de allí será más virtuoso». Tras confesar virtudes que perdió y malas costumbres que ganó en la ciudad, sentencia: «En las cortes todos dicen haremos y ninguno dice hagamos».

Más o menos como ahora, muchas promesas y pocos actos por parte de gobiernos, ministerios, parlamentos y otras instituciones cuyos responsables y tecnócratas nunca han manejado la azada. De la lucha clandestina de sindicatos como Unió de Pagesos, se pasó a la subcultura de la subvención y la peonada. Pan de entonces y hambre de hoy y mañana, hubo que sortear, además, a los campesinos franceses que incendiaban camiones españoles y asaltaban supermercados en la frontera. Aquel cooperativismo nacido en las tierras de Tarragona no creció lo bastante para encararse a los oligopolios. Mirando cada cual a su campanario y al maná de las ayudas europeas, se mejoró la calidad de vida mientras Europa destruía sus excedentes agrarios en un planeta diezmado por las hambrunas.

De nada sirvió el neo-ruralismo de fin de siglo pasado cuando jóvenes urbanitas se fueron al campo. Se les recibió con sorna y recelo hasta que desertaron porque ser jipi y trabajar cansa. El turismo rural, deportivo y cultural sólo es otro tampón ante una gran hemorragia, y sumado todo el de Catalunya no llena varios hoteles de Salou. Se predice que Salou y Cunit crecerán en cifra de habitantes, pero es probable que muchos provengan de los vecinos pueblos rurales. La diferencia entre aldea y ciudad que contaban dos ratones ha variado. Ahora es tiempo de buitres transnacionales que se sobrealimentan con todo lo que va de la tierra al plato.

* Periodista. Con  raíces familiares en la Terra Alta,  Joaquim Roglan fue corresponsal en Ràdio Reus y cofundador de Informes-Ebre. Profesor universitario, ha trabajado en los principales medios de comunicación de Catalunya y ha escrito veinte libros. Vive retirado en L’Empordanet.

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