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Vidas que se pierden...a no ser que las mantengamos vivas en la memoria y las contemos

Tiempo para disfrutar. El verano es una época propicia para escuchar, especialmente a nuestros mayores, aquellos a quien a menudo no 
hacemos caso porque, ya se sabe, están siempre con sus batallitas

Pau Miranda

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Vidas que se pierden...a no ser que las mantengamos vivas en la memoria y las contemos

Vidas que se pierden...a no ser que las mantengamos vivas en la memoria y las contemos

El verano se va acabando, pero aún nos queda tiempo para disfrutar. Acabamos de despedir a Sant Magí, todavía nos queda al menos hasta Santa Tecla para bajar a la playa, para ir a tocar ferro o para pasar alguna noche a la fresca. El verano es un tiempo propicio para charlar, para escuchar a los que tienen cosas que contarnos. Hay tantas vidas a nuestro alrededor de las que apenas sabemos nada, vivencias que a veces se acaban yendo irremediablemente sin que las hayamos escuchado de verdad.

Javier Cercas dibujó en su célebre Soldados de Salamina un entrañable personaje con un pasado que se iba desvelando apasionante pero que vivía en la piel de un jubilado en una residencia de ancianos, de esos a los que tan a menudo no oímos cuando explican sus historias. Como la del señor Ángel, aquel hombre mayor que vivía en la Part Alta y de quien casi nadie sabía que había tenido una vida repleta de aventuras. Antes de los treinta ya había hecho dos guerras, habías escapado de campos de concentración y había estado trabajando como obrero en varios países centroeuropeos.

Todavía tuvo tiempo de meterse a fondo en los bastidores de la política global y conocer en primerísima persona a muchos protagonistas de la segunda mitad del siglo pasado. Eso antes de volver a la España que tuvo que abandonar a pie por los Pirineos para vivir tranquilo aunque con algunas estrecheces en la Tarragona que le vio crecer.

¿Cuántas veces hemos desconectado pensando que «ya está el abuelete con su batallitas»? Tantas vidas que se pierden a menos que las escuchemos, que las mantengamos vivas en la memoria y las contemos, como se ha hecho durante casi toda la historia de la humanidad.

El otro día me reencontré con una amiga a la que hacía años no veía, andábamos por rincones diferentes del mundo. Y nos pusimos a recordar a Juanjo, un amigo común con una vida digna de película de las buenas.

Por su trabajo pasó la mayor parte de su vida en el extranjero, en embajadas. Aunque durante décadas muchos lo saludaron, en realidad muy pocos supieron de sus increíbles vivencias. La mayoría no escucharon nada de su juventud al lado del Mediterráneo, de sus estudios de Filosofía, de algunos veranos pasados detrás de la barra del bar. Siempre hablaba de la velada que pasó en su bar con un tal Pau Riba y Selene, ahora olvidada cantante y musa de la movida laietana. «¡Qué mujer!», decía con los ojos encendidos.

Pocos supieron de sus inicios profesionales en un pequeño país africano, de las increíbles historias de sus más de treinta años en el servicio exterior, o de aquella vez que iba en un avión secuestrado por un grupo radical en medio de Asia. Historias y anécdotas a raudales que él contaba con moderación sabiendo que algunas eran casi secretos de estado que aún podían dar algún diplomático disgusto. Su salón era parecido al que tendría Indiana Jones, lleno de artefactos y delicados (a veces también valiosísimos) objetos de todos los rincones del mundo. Y cada uno era una historia.

Juanjo se fue, estaba ya cansado y sabía que la mayoría de quienes lo trataban ya solo veían el personaje que se había construido, con un comentario sarcástico siempre a punto y su zumo de manzana en la mano (en realidad un buen whisky con hielo). Ya casi nadie lo escuchaba.

Aprovechemos estas semanas para dar tiempo a que las batallitas fluyan. Dejemos un rato las pantallas y charlemos como hacían los abuelos. Y oigamos las historias que tienen, también las que les contaron hace mucho a ellos entre Sant Magí y Santa Tecla, cuando algunas cosas eran diferentes y la gente se escuchaba. Seguro que oiremos aventuras, grandes o pequeñas; las vidas están hechas exactamente de eso.

* El periodista tarraconense Pau Miranda está conense especializado en información internacional. Durante quince años cubrió información de Oriente Medio y el sur de Asia para diversos medios catalanes y estatales. También ha sido responsable de comunicación de Médicos sin Fronteras en Afganistán.

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