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Viejos trenes, viejas historias

Llama la atención que Rajoy se compromete a invertir 4.200 millones cuando debe 10.000

J.Moya - Angeler

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Hace pocos meses, llegaron a Catalunya diversas unidades de trenes de cercanías para reforzar la saturada red catalana de trenes. Eran unidades viejas, muchas de ellas llegadas desde Andalucía, desahuciadas en su viejos destino y substituidas por trenes nuevos, más seguros y probablemente más confortables. La consecuencia fue que no se consiguió solucionar nuestro eterno problema de los servicios ferroviarios, porque los trenes y la red de vías y servicios siguen acumulando problemas casi a diario.

La red viaria catalana ha sido objeto, en los últimos años, de promesas de todo tipo, algunas de ellas cifradas en inversiones millonarias, que no se han cumplido, y a la vista están los resultados. En algunos casos no solamente han sido promesas, sino incluso cantidades presupuestadas que después han ido a parar a otros destinos. Hay líneas que siguen, como el tren a Puigcerdà que conecta con Francia por La Tour de Carol, con vía única. Ni más ni menos que 161 kilómetros y 35 estaciones. Desde Barcelona se tarda tres horas en llegar a Puigcerdà, el doble del tiempo que en coche. Y es una vía definida en sus inicios como «internacional», aunque en La Tour de Carol haya que cambiar de tren para seguir con el ancho de vía francés. Un bonito ejemplo.

El martes, el jefe de gobierno, Mariano Rajoy, anunció en Barcelona que su gobierno va a invertir mucho dinero en la mejora de la red viaria catalana. Lo hizo sin encomendarse a Dios ni al diablo, es decir, sin haber consultado a las autoridades catalanas sobre qué temas tenían prioridad sobre otros. Ellos deciden, ellos ejecutan… si es que ejecutan. Buena muestra del «diálogo» que dice proponer Rajoy con Catalunya.

Llama la atención que en su anuncio de mejoras en la red ferroviaria, Rajoy se comprometiera a invertir 4.200 millones cuando el déficit de inversiones en infraestructuras que el Estado acumula en Catalunya es de 10.000 millones, más del doble. También es importante que se ofrezca invertir cercanías 3.900 millones entre el 2017 y el 2025, lo que significa que su compromiso alcanza a legislaturas que posiblemente no estarán en manos de Rajoy. A más tardar, en 2020 se acabará la actual legislatura, durante la cual la inversión se rebaja a 1.882 millones. Eso sí, este compromiso dentro y fuera de su alcance es «personal y verificable», según dijo el jefe de gobierno. No sabemos bien, porque no lo explicó, en qué consiste eso de «personal». ¿Es un aval real y firmado? ¿Y cómo se verifica? No hubo más detalles.

Rajoy dijo que con este conjunto de promesas se ganaba la batalla de la «moderación, sensatez y responsabilidad». Pero, aparte de llamar insensatos a millones de catalanes, vemos que entre lo que se necesita y lo que se nos ofrece hay una pura «moderación». En este tema, nos pesa una historia antigua y reciente. Y de la reciente –últimos cuatro años– él es responsable. Una historia negra en infraestructuras de la que el propio responsable se olvida, pues en su presentación de intenciones ni ha hecho ninguna referencia a ese pasado ni ha perdido perdón.

Si dividimos en ocho años –las dos legislaturas de Rajoy– la inversión que ahora se promete y que no ha llegado en los cuatro anteriores años, veremos que dan a poco más de quinientos millones sobre algo que ya estaba caducado en tiempos de Rodríguez Zapatero, otro incumplidor de proyectos en Catalunya. Una cantidad que no tiene nada de extraordinaria y que está sujeta a la capacidad de seducir de Rajoy que es bien poca, porque ahí tiene el puerto de Barcelona, en donde el Estado colocó con pomposidad una primera piedra en el 2014 y aún está esperando la segunda piedra.

El falso paternalismo que se exhibe en estos y otros temas, creyendo que los catalanes claudicamos fácilmente, es la frase «conectados con el futuro» con la que Rajoy ha anunciado este plan de inversiones. Permítaseme decirle al señor Rajoy que los catalanes ya estamos conectados con el futuro. Ha sido nuestra vocación desde hace casi dos siglos. Y nos ha ido bien. Pero que se nos niegan las herramientas que nos corresponden para poder garantizar ese futuro. Se nos han negado como norma, sin perdonar a cambio ni un céntimo de la contribución de Catalunya al Estado del «café para todos». Y conste que esta frase del café se acuñó en La Moncloa y les ha ido muy bien a muchos de los de fuera de Catalunya.

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