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Violencia en las aulas

Los alumnos estaban acostumbrados a ocupar sus pupitres con un arma
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Unos años atrás estuve en un centro escolar de Nueva York el día en que comenzaba a funcionar un arco detector de metales, similar a los que existen en los aeropuertos, para evitar que los alumnos, niños entre siete y catorce años, entraran armados a las aulas. Era una medida decretada por la municipalidad en un intento por frenar la violencia infantil, que con tanta frecuencia causaba incidentes, desórdenes y. víctimas en las clases. Recuerdo el airado debate que precedió a la jornada. Los miembros de la Asociación del Rifle, a la sazón presidida por el actor Charlton Heston, protestaban para que no se violase, como estimaban que iba a ocurrir, el derecho constitucional de los norteamericanos a poseer y portar armas para su defensa. Hubo alegaciones en el sentido opuesto sin llegar a acuerdo y la decisión siguió adelante. Decenas de cámaras acudieron a perpetuar el acontecimiento, porque de acontecimiento sin precedentes era calificado por los medios que respaldaban la medida.

Era una mañana muy fría, con vientos racheados que cortaban la respiración. Los estudiantes llegaban bien abrigados y protegidos por bufandas y orejeras. Lo que llevaban debajo de los abrigos era un secreto. Cuando empezaron a cruzar los arcos delatores, el ambiente se alteró con los pitidos.

Los policías encargados del orden empezaron a registrarlos, comenzando por sus carteras y mochilas, y luego los bolsillos y a retirarles las armas y objetos cortantes, susceptibles de ser utilizados para agredir o pelear con sangre por el medio Conforme iban posando sus hallazgos en unas bandejas se fueron acumulando verdaderas montañas de navajas de diferentes modelos, cuchillos de configuración variada, nudillos de acero y pistolas y revólveres de diferentes calibres.

Los pequeños protestaban al verse despojados de lo que consideraban sus instrumentos de defensa y, seguramente bien aleccionados, exigían recibos para poder recuperar a la salida lo que les estaban incautando. Los profesores nos llamaban la atención sobre lo que estábamos viendo. Y eso que ya los padres estaban enterados de la prohibición y muchos lo dejaron en casa, repetían.

No era, contra lo que se pueda pensar, un complejo escolar de una zona pobre; la mayor parte de los estudiantes eran de clase media. Y estaban acostumbrados a ocupar sus pupitres con un arma para poder intimidar al compañero, para amenazar ante cualquier ofensa y, llegado el caso, para plantarle cara al profesor. Una profesora de español me confesó que trabajaba atemorizada y que el problema estaba aumentando.

Aquellas escenas me vinieron al recuerdo al leer la noticia de que un niño en Barcelona había matado con una ballesta a un profesor y herido a cuatro personas. Estados Unidos va por delante del mundo moderno en muchas cosas, pero tanto en lo bueno como en lo malo.

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